lunes, septiembre 09, 2013

PINTORES


He madrugado para acompañar a los amigos pintores desde el comienzo de la jornada. No quería, como otros años, llegar después de que hubiesen solventado la dificultad mayor, el momento de romper la blancura del lienzo e iniciar así esa especie de lucha contra el tiempo en la que consiste básicamente un concurso de pintura rápida, en contraposición a lo que ellos llaman "pintura seca", que es otra cosa y se rige por otros ritmos y apremios. Para mí todo esto, como se puede comprender, resulta apasionante, y proporciona no pocas iluminaciones respecto a los entresijos de otro tipo de actividad creativa, la literaria. Este cuaderno, por ejemplo, se rige por los principios de la primera clase de pintura mencionada: decisión, pocas correcciones -apenas las puramente tipográficas- y una cierta complacencia en la idea de que el acabado que se le quiera dar a estas líneas siempre será provisional, y quedará sujeto a ulteriores correcciones, aunque nada ni nadie asegura que éstas vayan a mejorar lo escrito en primera instancia.

El caso es que apenas son las nueve cuando me veo, una vez mis acompañantes han cumplimentado el trámite de la inscripción y sellado de sus lienzos, ante el de José Antonio Martel, que se ha situado al fondo del Callejón del Norte e intentará un difícil escorzo del monte que aquí llaman de la Cruz del Tajo, enmarcado por los edificios y tejados del propio callejón. Permanezco con él una media hora, que emplea en organizar la paleta y trazar sobre la imprimación violácea de su tela el perfil del peñón y la línea de tejados. Lo dejo para ir a buscar al veterano Antonio Rodríguez Agüera, que desde hace años participa en el certamen a título puramente testimonial, consciente de que la dirección que adquirió su pintura desde que abandonó o superó los planteamientos puramente figurativos tiene poco que hacer en esta clase de concursos. Y, efectivamente, se lo toma con calma, y en vano lo busco en el lugar donde la noche anterior, durante la inauguración del mercadillo de cuadros de pequeño formato que se celebra también desde hace años en el Callejón del Norte, me dijo que iba a situarse. En Las Cuatro Esquinas, el bar frente al cual tiene su estudio, me dicen que lo han visto bajar hacia la plaza, para inscribirse. Le salgo al encuentro y lo acompaño hasta un receso de la calle Sevilla donde ha encontrado un rincón con macetas que le servirá de pretexto o punto de partida para lo que tiene en mente y ha esbozado previamente en una serie de apuntes, uno de los cuales me regala. Son las diez y diez cuando empieza a trazar a lápiz sobre la tela lo que, en principio, no es más que un simple boceto realista de las macetas, algo achatadas por el punto de vista elevado desde el que las contempla el pintor. A continuación, repasa los trazos con un rotulador grueso y procede a colorear con pintura acrílica las áreas previamente delimitadas. A diferencia del otro pintor al que he visto empezar, no ha dispuesto sobre la paleta varios colores, sino que se limita a poner exclusivamente la pintura que va a usar, y así procede a lo largo de todo el proceso, limpiando cada vez los restos con un trapo, hasta terminar, sorprendentemente, con la paleta impoluta... El cuadro, ya coloreado, sigue aún, podríamos decir, en un estadio realista. Hasta que, alcanzada ya por fin  esa meta, se inicia una nueva fase, que tiene algo de ceremonia mágica o ritual: con el pincel empapado en pintura negra el pintor procede ahora a repasar las líneas de fuerza de la imagen que acaba de depararle la realidad, a llenar sus huecos, a romper la ilusión de espacio y volumen, hasta extraer de su figura lo que Ramón Gaya, refiriéndose a Picasso -y no precisamente en términos despectivos, como podría parecer- llamaba un "bicho", una extraña ideación a medio camino entre los caracteres orientales, los grafismos de los expresionistas abstractos norteamericanos y las figuraciones surrealistas. De pronto el viejo pintor cesa en su actividad. "Ya está", dice, "el cuadro no admite más". Son las once menos diez. El proceso ha durado en total unos cuarenta minutos.

Distinto es el caso de mis otros amigos pintores, Incluso el habitualmente rapidísimo Manuel Morgado tiene todavía, ya rasando el mediodía, grandes áreas de su cuadro meramente abocetadas. El sol, vencidos ya los preocupantes nublados con que abrió el día, empieza a apretar. A la hora del almuerzo nos parece aconsejable subir a casa a comer y dormir una breve siesta, antes de volver para presenciar el fallo del jurado. Que se lee a las siete de la tarde, y con el que apenas coincido -yo también he hecho mis propias quinielas- en un cincuenta por ciento de los casos. Sólo uno de los pintores ubicados en el Callejón del Norte, el jovencísimo Antonio Barahona, figura entre los nueve premiados. Algo es algo. También nos alegra saber que nuestro anfitrión, Antonio Mancilla, ha conseguido el primer premio del Concurso Regional de Pintura -pintura seca esta vez-, que se falla este mismo día. Que termina entre bromas y cervezas a la puerta del estudio de este pintor, y adquiere una cierta cualidad irreal cuando, al filo del anochecer, una pareja de recién casados irrumpe en el Callejón y nos pide a los allí congregados que nos hagamos a un lado, porque quieren hacerse unas fotos en ese marco pintoresco... 






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