martes, septiembre 10, 2013

RAZÓN DE VIDA

En el estreno de Luz en los márgenes, el cortometraje que Miguel Ángel Rosales Mateos ha hecho sobre el pintor Juan Carmona. Ambos son jerezanos y amigos nuestros, y quizá eso nos predispone a que la película sea la que más nos gusta del programa de siete en el que la han proyectado. Aunque también es cierto que lo que el pintor cuenta de sí mismo, de su "manía de manchar superficies planas", nos parece sincero y justo: el arte, o la tentativa de hacerlo, impone un principio de orden y significado en el caos de lo contingente. Se pinta, se escribe, se compone música, con la ilusión de encontrar alguna correspondencia entre ese principio de necesidad al que parece obedecer la obra de arte y la aparente futilidad del mero existir. Se escribe, se pinta, se compone música, para alcanzar a entender una especie de razón de vida superior a la propia vida, pero inextricablemente unida a ella, aunque esa relación no siempre sea visible y necesite precisamente del artificio del arte para aflorar... 

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También este cuaderno aspira a poner un poco de orden en el caos; de ahí que su apariencia pueda llamar a engaño: ha quedado fuera -por discreción, básicamente, pero también por inconsecuencia- la trama de poco vuelo que ocupa la mayor parte de la vida de uno: las preocupaciones domésticas, la economía familiar, las servidumbres laborales, los pequeños y no siempre gloriosos ajustes de cuentas con la realidad. De todo esto queda una especie de humareda, una veladura que melancoliza lo que efectivamente se traslada a estas páginas. Y también, creo, un cierto sinvivir, un desacuerdo latente con lo que se entrevé al fondo... Que de todo eso uno extraiga unos pocos momentos de armonía, a solas o con otros, de iluminaciones debidas a la literatura, el cine, la pintura o la mera observación de la realidad, no debe llamar a engaño sobre el fondo inestable de todo eso. Y no porque uno forzosamente quiera adobar estas anotaciones con un poco de infelicidad, como una especie de condimento amargo que añada sabor al guiso, sino porque, simplemente, las cosas son así, y así hay que consignarlas.

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Esas conversaciones -en el autobús, por ejemplo- que son como un gorgoteo sin fin, y que, sin estridencias, acaban llenando el espacio auditivo, hasta el punto de que uno es incapaz, no ya de leer o pensar, sino incluso de mantener el hilo de autoconciencia que nos hace seguir siendo quienes somos a lo largo de las cambiantes circunstancias. Lo malo es que el precio de ese olvido de uno mismo podría ser... la locura momentánea, el acercarse al origen de ese imparable gorgoteo y, no sé... amordazarlo.  

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