miércoles, septiembre 25, 2013

TRAMPANTOJOS

Esa mujer de trasero, digamos, respingón, someramente cubierto por una falda corta de mucho vuelo. El azar ha querido que me precediera en la escalera de salida de un aparcamiento, y a ella no le quedaban más que dos opciones: o pararse y dejarme pasar, lo que quizá hubiera resultado demasiado indiscreto, o subir las escaleras procurando sujetarse con las manos el vuelo de la falda. Hace esto último con gran dificultad y, al llegar al final de la escalera, da un salto liberador que deja al descubierto por una fracción de segundo lo que tanto se había esforzado en ocultar. Y ahora soy yo quien se demora, para no afrontar, al salir al exterior, la mirada de infructuoso reconocimiento que la chica posiblemente haya dirigido hacia atrás al alcanzar, por fin, un territorio perfectamente horizontal en el que las miradas campan a un nivel y los trampantojos de lo visto y no visto por otro. 

***

Hay dos clases de mala literatura: la que lo es por insuficiencia, digamos, o por falta de vuelo, o por obedecer a exigencias de muy limitado alcance, pero que, por eso mismo, cumple su función, que no es otra que satisfacer los gustos de lectores también limitados, que igual pueden permanecer toda la vida en ese estadio poco exigente o, con el tiempo, desarrollar el gusto hasta hacerlo más versátil y amplio de miras; y esa otra que es mala, precisamente, por esforzarse en alcanzar un ideal literario equívocamente prestigioso y con el que comulgan los lectores en quienes la superación de ese primer estadio antes aludido no ha ido acompañada de una maduración paralela de una sensibilidad propia, y por tanto se han entregado sin resistencia a los pareceres y estándares de los mandarines literarios de turno. Abunda mucho ese público semiculto con ínfulas de gran cultura, que es el que asegura a los retóricos del día un mediano pasar. Y el que, llegado el fatal momento en el que incluso los inmortales del momento protagonizan su necrológica, lloran sentidamente, no la muerte de éstos, sino su momentánea orfandad antes de encontrarles -y no faltarán quienes vengan a ofrecérselos, normalmente desde los mismos medios que apuntalaron el prestigio del difunto- el sustituto adecuado. 

Digo yo.

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En la soledad, uno empieza preguntándose para qué cocinarse la propia comida y termina planteándose para qué comer.

2 comentarios:

gatoflauta dijo...

Recuerdo lo que decía un humorista acerca de la terrible especie de los "tontos adulterados por el estudio". Y, de paso, yo vivo solo, y puedo asegurar que nunca faltan muy buenas razones no sólo para prepararse la comida, sino para comérsela, aunque sea en soledad. No sea usté "negatifo", hombre.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Sí, es que esta vez no me he organizado bien...