jueves, octubre 24, 2013

AGRADECIDO


Como he llegado temprano, me siento a tomar un café en la terraza de un bar aledaño al trabajo. Es el mismo en el que los compañeros desayunan en el hueco de descanso de la mañana, y al que yo no suelo acudir a esa hora por librarme de prisas y apreturas; pero que ahora, a primera hora de la tarde, está vacío y dominado por una cierta atmósfera de local de verano fuera de temporada. El vendaval de estos días ha amainado, pero persiste un viento de intensidad media, fresco y salino, que despeja la mente en esta hora en la que normalmente uno descabeza un sueñecito en el sofá. Experimento la grata novedad de estar haciendo algo desacostumbrado, y de percibir en el entorno, precisamente por obra de esa falta de costumbre, una luz infrecuente, una sonoridad del aire propia de otro lugar o de otro tiempo. Me quedo mirando el mar, gris y revuelto, como emperrado en un desacuerdo suyo con el resto de la realidad. Y es entonces cuando los veo. Primero, una línea enhiesta, quieta, que me parece una baliza o un poste clavado en medio del agua, pero en la que, después de fijarme mucho, distingo unos movimientos inconfundiblemente humanos: alguien que se agacha y se endereza, y que se las arregla para mantenerse inverosímilmente en pie sobre el agua, como Cristo en el famoso milagro... Desde mi posición no distingo la superficie sobre la que se sustenta, pero deduzco que debe de ser una tabla de surf, aunque los movimientos de su tripulante no son los típicos de ese deporte, y más se asemejan a los del piloto de una canoa que se hubiera alzado sobre sus rodillas para imprimir más potencia al remo -de hecho, me parece distinguir una pequeña pala en sus manos-. Por un instante me da la impresión de que está en peligro, de que la resaca es demasiado fuerte para él, y que por eso ni avanza ni retrocede, sino que se debate inútilmente sin moverse de su posición. Y es entonces cuando, al desplazar la vista hacia la derecha en busca de algún otro detalle que confirme o desmienta mi alarmado pronóstico, veo que, justo en la zona del agua que refleja directamente la luz del sol bajo, hay también otra sombra enhiesta, casi indiscernible entre los destellos cegadores. Es otro practicante del mismo peligroso deporte. Y aunque los separa una considerable distancia, no me cabe la menor duda de que van juntos, y de que los movimientos de ambos buscan acompasarse de algún modo. Me admira haber descubierto esa casi invisible danza en medio de los destellos del sol y los perfiles cambiantes del oleaje. Y me asusta mi incomunicación absoluta con ellos, la imposibilidad de ayudarlos si así lo requiriesen, o ni siquiera de entender sus gestos, en caso de que estuvieran dirigidos a un hipotético observador en tierra. Termino mi café -un descafeinado "de máquina" que, dada mi absoluta deshabituación a la cafeína, obra en mí el mismo efecto que los cafés solos que ingería en otros tiempos- y me dirijo al trabajo. Veo que los dos deportistas, con esfuerzo, van ganando la orilla. La realidad admite que en un radio de, pongamos, quinientos metros, conviva un hombre que se dispone a dedicar unas horas a una aburrida labor burocrática y otros que acaban de experimentar lo que imagino que ha sido una gratificante subida de adrenalina. No los envidio, no creo que ellos, en el caso de que pudieran verme, me envidiaran a mí. Pero, por alguna razón que no termino de explicarme, les estoy agradecido.

4 comentarios:

El Capador de Turleque dijo...

"El torero que asusta al público en la plaza con su temeridad no torea, sino que está en ese plano ridículo, al alcance de cualquier hombre, de jugarse la vida." En esto tenía razón Federico García Lorca. Es ese mismo plano en el que se encuentran estos deportistas y pseudoaventureros modernos. Su suerte me la pela.

gatoflauta dijo...

Hombre, no hay que ser tan duro, a saber qué estarían haciendo realmente y qué significaría para ellos eso que hacían. Me acuerdo de aquella historia sobre unos nativos australianos que visitan una gran ciudad tipo Sidney, y se quedan mirando una lancha rápida tras la cual hay una cuerda con un esquiador. Uno de ellos pregunta al otro: ¿por qué va tan rápìdo ese barco? Y el otro le contesta: porque le persigue el loco de la cuerda.

El Capador again dijo...

Oye, articulo estupendo, claro.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Efectivamente, el loco es el de la cuerda. Y gracias, Turleque.