martes, octubre 15, 2013

DESAZONES Y COMPENSACIONES


De vez en cuando me sorprende constatar la presencia de algún libro mío en determinadas librerías de viejo de Internet, y más aún el hecho de que alcancen a veces precios desorbitados. También me sorprende el hecho de que otros salgan por precios muy módicos, aunque en ocasiones y circunstancias un tanto anómalas. 

Veo, por ejemplo, que alguien ha pagado recientemente algo menos de cinco euros, más gastos de envío, por la La vida imaginaria, una vieja recopilación de artículos de cine que me publicó una revista del ramo, y de cuya suerte comercial nunca supe nada. Era -su asunto y circunstancias de publicación así lo anunciaban- un libro destinado desde el primer momento a ser saldado y liquidado en librerías de viejo, pero nunca esperé que la operación se realizara en un lugar tan flagrante como eBay, la conocida página de subastas, que todavía mantiene el anuncio junto con un aviso de que la venta ya se ha consumado... Quisiera uno conocer al comprador anónimo, preguntarle por las razones de ese tardío interés por aquel libro que en su día, como todos, fue portador de alguna que otra ilusión que me hice al respecto, y que luego quedó en eso: en uno más de la ya casi treintena que he lanzado al mundo con suerte incierta. Los remanentes de todas esas ediciones, más el reflujo del puñado que encontró lector y no satisfizo las expectativas de éste, deben de estar haciendo ya su camino hacia esos cementerios de libros que son las librerías de viejo. No me quejo: yo mismo encuentro en ellas la mayor y mejor parte de los libros que compro, así que espero que quien encuentre allí  los míos les conceda esa misma consideración de hallazgo afortunado... Pero tampoco quiero hacerme demasiadas ilusiones.

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Sobre todo, cuando no para uno de constatar que lo que suele ocurrir es justo lo contrario. El propietario de la biblioteca cuyos restos me fue permitido rebuscar y expurgar hace apenas unas semanas fue un gran lector de M.S., la novelista que fue directora comercial de Plaza & Janés y todavía alcanzó a ganar el premio Fernando Lara cuando rondaba los noventa años. Habría lo menos doce o quince novelas de esta autora en aquella montaña de libros polvorientos. Yo mismo podría haber tenido el detalle de rescatar alguno de la destrucción segura que les aguarda. Pero no. Pudieron las consideraciones prácticas, la evidencia de que en mi casa apenas caben ya más libros, la certeza de que algunos de los que tengo no los leeré jamás, y no por falta de interés, sino porque la lectura que les debo va siendo aplazada una y otra vez en nombre de urgencias mayores, y llegará un momento en que no habrá lugar para más prórrogas. Así que... ahí queda la pobre M.S., en cuyo haber figuran tantos premios y distinciones. Mejor ir haciéndose a la idea.

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Sin embargo, me considero afortunado por haber encontrado en esa misma biblioteca condenada un ejemplar de Diario de una tregua, las páginas que escribió Ridruejo durante su destierro en Cataluña entre 1945 y 1947. El libro está intacto y sólo lo afean unas anotaciones a lápiz en la portadilla -una especie de lista de la compra (¿?)- y el deterioro de los bordes de la sobrecubierta, hecha de un papel ácido especialmente quebradizo. Esos detalles, no obstante, le añaden solera... Lo he leído con emoción y con la convicción creciente de hallarme ante una de esas grandes obras que ni siquiera parece injusto que estén olvidadas, porque les sienta bien esta condición sobrevenida de libros que circulan en la oscuridad, lejos de todo ruido y pompa. Es el testimonio de una soledad bien llevada y mejor contada, escrita desde el descreimiento que da haber sobrevivido a dos guerras, a una salud frágil y a una no menos peligrosa inclinación a la disconformidad. Que haya llegado a mis manos ahora, justo cuando acababa de leer los Cuadernos de Rusia del mismo autor, es una de esas afortunadas coincidencias que tanto abundan en la vida de un lector. Que la mía me siga deparando estos hallazgos compensa un poco, ay, las desazones precedentes.

Imagen: Montaña de libros. Acrílico sobre lienzo de Manuel Martín Morgado

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