martes, octubre 01, 2013

DESCAMPADOS

Al levantarme encuentro una avispa posada sobre el libro que he dejado en la mesilla de noche -quiero decir, en el armario chino que tengo en el lugar en el que normalmente debería haber una mesilla de noche-. Recorre la portada con ese aire de extrema curiosidad que los insectos suelen poner ante los objetos y superficies sobre los que no tienen claro si pertenecen al orden de la sustancias comestibles y más o menos asimilables o a ese otro mundo estéril en el que nada huele, mancha o se descompone en jugosa materia primigenia. La dejo allí. Siguen sin inquietarme -y me extraña- estas sobrevenidas compañeras. Familiares, inevitables, golosas. Algún día habré de hacer lo razonable y buscar el avispero, y destruirlo. Pero hoy no.

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Íbamos buscando un bar para cenar algo, después de haber cumplido con el cometido que nos había reunido en esa ciudad. Y como éramos muchos y era sábado por la noche y todas las barras estaban atestadas, nos acomodamos en el salón de uno de esos establecimientos que tienen una carta de picoteo en la barra y una de restaurante para quienes se sientan en mesa. Ése es nuestro caso, y no tardamos en percatarnos de nuestro error, aunque nadie dice nada. Y así pasan lo menos cinco minutos, sin que nadie sepa qué sugerir de ese menú en el que ningún plato cuesta menos de veintitantos euros. De vez en cuando la camarera se asoma. "¿Han decidido los señores?". Y por fin alguien se atreve a poner voz a lo que todos pensamos. "Oiga, ¿no podría servirnos aquí algo de lo que ponen en la barra. Es que... somos poetas". La camarera se retira a consultarlo con su jefe. Me imagino la conversación: "Unos muertos de hambre que se nos han colado en el restaurante...". Finalmente, nos trae la carta de la barra, que tampoco es barata. Le señalamos el apartado de la misma en el que figuran las raciones más económicas: ensaladilla rusa, tortilla de patatas, cosas así. "Ponga una de cada". Y se acuerda uno, no exactamente con nostalgia, de aquellos benditos tiempos en los que uno de los aderezos de la profesión era la exhibición  de un cierto grado de mundanidad culinaria, y nadie ponía reparos a meterse entre pecho y espalda y en buena compañía una cena de, pongamos, cien euros, postre y copas incluidos.

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La estación nueva está a seis kilómetros de la ciudad. Le comento al taxista esa extraña anomalía, impropia de una capital de provincia que siempre ha tenido estación de trenes en su casco urbano. "No, si estaba previsto que la ciudad creciera hasta aquí", me dice, señalando los amplios descampados que se extienden a uno y otro lado de la carretera, "pero, con la crisis...".  

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