lunes, octubre 28, 2013

EL PERRO






Me disponía a dar un paseo sin rumbo fijo, lo que, en un lugar conocido, equivale a hacer el más previsible de los recorridos, el que siguen los pasos de uno cuando se dejan llevar por los dictados de la costumbre. Y en esto me lo encuentro: un perro desastrado, tristón, de esos que parecen siempre abandonados por un amo desaprensivo, aunque no sea ése el caso y esa manera de mirar a los extraños como solicitando, no ya una caricia, sino simplemente un gesto de neutra aceptación de su presencia, sea sólo una maña aprendida, o un azar de su fisionomía. Ya conocía yo el percal: no es el primer perro de este pueblo que se va con cualquiera, lo que sin duda se debe a un hábito de libertad semisalvaje que hace que los lazos de unión del can con una casa y un dueño sean muy laxos y se olviden con facilidad. Por eso no me extrañó que me siguiera, primero, y que luego tomara él la iniciativa y pareciera guiarme, con lo que mi paseo dejó de obedecer a mi querencia natural y adquirió un inesperado carácter novedoso. 

La mañana, desde luego, predisponía a una cierta expectativa de hechos desacostumbrados. Era, podríamos decir, la primera mañana de luz propiamente invernal del año, aunque la temperatura, todavía veraniega, no casara con la impresión visual. Por eso, quizá, me detuve un par de veces a fotografiar las nubes que cruzaban a poca altura, rozando los riscos circundantes. En una de esas paradas, por cierto, se me unieron en la contemplación tres gatos: una oronda hembra siamesa, que aceptó sin reparo mis carantoñas y rozó abundantemente su lomo con las perneras de mis vaqueros; un macho algo más arisco y de la misma raza, y un tercer gato callejero, tímido y retraído, que miraba desde una prudente distancia la desenvoltura de los otros, como si entre ellos rigiera una inalterable jerarquía -la que dicta, por ejemplo, en qué orden deben aceptarse las atenciones de un extraño- y este gato sin distinción supiera que su destino era acatarla sin más... 

Mi guía, mientras tanto, tolera con paciencia estas distracciones mías. Cuando me decido a seguirlo, me aparta de la calle pavimentada y me hace discurrir por un sendero que bordea las espaldas de las últimas casas del pueblo, atraviesa un arroyo seco y se pega a la alambrada de un viejo campamento de verano ahora en desuso, hasta desembocar en el camino empedrado que asciende a la ermita. Lo curioso es que, con esas circunvalaciones, hemos evitado las muchas calles en cuesta que habría habido que ascender para llegar a ese mismo punto por la ruta más convencional, lo que me hace pensar que la predilección de mi guía por este camino se debe a una instintiva sabiduría práctica. Pero también me llama la atención que, conforme me alejo del camino habitual y me parece ver con ojos nuevos el contorno del pueblo, la línea en la que éste se funde con el campo abierto, recorrido por nubes bajas y bañado en una mágica luz cambiante, siento una especie de exaltación, una inesperada alegría dictada por la novedad de las cosas, y que se impone al desánimo por el que me había dejado dominar hasta ese instante. Y empiezo a pensar que el perro no solamente me ha querido llevar por los senderos que a él le suponen menor esfuerzo, sino que también ha querido compartir conmigo una especie de secreto. Y cuando emprendemos la ascensión a la ermita, que evidentemente es el único destino posible de un paseo por esos andurriales, todavía se detiene varias veces como para asegurarse de que mis paradas no son intentos de darle el esquinazo, sino simples pausas meditativas, similares, quizá, a las que él mismo se permite con la excusa de esperarme. 

Arriba, un viejo que estaba sentado en un banco de obra adosado al muro de la ermita me da las señas del perro, quién es su dueño y cuáles su circunstancia y filiación (del amo, no del animal). Paso un rato contemplando el panorama circundante. A mis pies, unos hombres vestidos con ropas camperas conducen lentamente un hermoso caballo blanco hasta un remolque que han dejado en la linde de la finca. Miro con avidez, bajo la impresión de que mi atención redoblada se verá compensada con nuevas revelaciones, con imágenes que pasarían desapercibidas a los ojos de un simple transeúnte ensimismado. El esfuerzo merece la pena. Y cuando, en el descenso, llegamos a un punto en el que el sendero se bifurca, un impulso algo maligno me lleva a seguir una dirección distinta a la que ya ha tomado mi confiado guía. Con cierta ansiedad miro de vez en cuando hacia atrás, por comprobar si se ha dado cuenta y vuelto sobre sus pasos en mi busca. Pero no. Creo que él también considera cumplido su cometido del día. 




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