miércoles, octubre 16, 2013

FISIOLOGÍA


Se ha achicado el espacio. La orilla parece más alta y la pleamar ha colmado la ilusión de concavidad que se crea entre el ojo del observador y el horizonte cuando el nivel del agua entre ambos puntos es lo suficientemente bajo. A poca altura se ha formado una capa ligera de nubes blancas que también contribuye lo suyo a acercar el cielo, y el efecto resultante es que hoy la imagen combinada de esas tres infinitudes -la playa inacabable, el mar extenso y el cielo inaprensible- tiene algo de espacio constreñido entre tres paredes, como un escenario de teatro. También los bañistas que quedan -pocos- parecen figurantes. No hay muchos espectadores. Yo mismo, desde la acera del paseo marítimo, aprieto el paso, como si algo me impidiera demorarme lo suficiente ante este espacio súbitamente metamorfoseado por la tonalidad novedosa de la luz otoñal. Sin público que los enaltezca, los bañistas parecen sumidos en sus propios asuntos. Y es que el telón está a punto de caer. Ha terminado -esta vez sí- el verano.

***

No hay que llevar demasiado lejos la distinción fundamental entre materia y espíritu. También el alma tiene, por así decirlo, su fisiología.

***

Me acuerdo ahora de ese compañero que, al tomar posesión de su taquilla, como no estaba seguro de que ésa fuera la que finalmente había de corresponderle, puso en la puerta su nombre entre signos de interrogación, y así permaneció durante años, hasta el punto de que, cuando veíamos el rótulo, atribuíamos su singularidad, no a una duda coyuntural sobre la titularidad del armario en cuestión, sino a otra mucho más amplia, concerniente a la propia identidad del sujeto allí nombrado. Lo que era también, como suelen serlo las formulaciones filosóficas certeras, una llamada de atención a todos; porque, si ese compañero nuestro, tan igual a nosotros, no estaba seguro de su identidad, ¿por qué íbamos a estarlo los demás? 

No hay comentarios: