jueves, octubre 03, 2013

LA BIBLIOTECA

Escudriñar una biblioteca ajena -aunque sea, como en este caso, una biblioteca ya expurgada y saqueada- es siempre adentrarse en la intimidad de otro, en los secretos de otro. Y casi lamento que quienes me han ofrecido la posibilidad de disponer libremente de los restos de ésta me hayan dicho a quién perteneció. No era alguien a quien yo hubiera tratado personalmente, pero sí de quien había oído hablar, y a quien imaginaba en contextos muy concretos. Descubrir ahora, por ejemplo, que poseía centenares de guías de viajes y de folletos religiosos -entre ellos, un ejemplar de Camino- me descoloca un poco. A la mayoría de los figurones del panteón académico local los imaginaba... no sé... como mínimo, vagamente afines al partido que siempre ha controlado la cosa educativa en Andalucía y aseguraba la patente de corso de la que aquellos, al menos en mi imaginación, habían gozado siempre. Claro que uno en estas cuestiones ha andado siempre muy despistado... Hay también -volviendo a los libros- muchos de Historia y una buena aunque previsible selección de literatura española del siglo veinte. Lo que echo en falta -los clásicos, por ejemplo-, me imagino que estará en la parte de la biblioteca que este hombre ha querido llevarse consigo en la mudanza. Aún así, encuentra uno extrañas e inexplicables renuncias entre lo que ha dejado atrás. ¿Por qué, por ejemplo, reunir los títulos más significativos de Ridruejo -entre ellos, el Cuaderno de Rusia, su maravilloso Diario de una tregua, su Hasta la fecha (Poesías completas) de 1961, su monumental y arrebatada guía de Castilla- para ahora dejarlos aquí arrumbados, como si lo que acompañó al dueño de estos libros en un tramo de su vida ya no le diera calor ni compañía en la casa nueva a la que se ha mudado? Lo mismo podría decirse, no sé, de esta edición temprana de La forja de un rebelde, de este libro de impresiones africanas de Evelyn Waugh -hay otros de Kapuscinski, que dejo donde estaban-, de estos tres tomos de crónicas viajeras de Blasco Ibáñez... 

Hago montoncitos, como si se tratara de un juego infantil. A un lado, la pila de libros -unas tres o cuatro cajas, calculo- que todavía alcanzarán a tener una honrosa segunda vida en los estantes de una biblioteca escolar; a otro -apenas un puñado- los que me llevaré a casa. Al resto, con todo el dolor de mi corazón, no sé qué destino les espera. Me han hablado de monjitas que los recogen para escuelas de Hispanoamérica, de vendedores al filo de la indigencia que seguramente les sacarán algún partido en los mercadillos al aire libre, etc. Si yo tuviera una casa grande, sería mucho menos riguroso en mi selección. Me llevaría conmigo incluso estas enciclopedias tan bonitas que ya nadie consulta, porque la clase de información que contienen se encuentra ahora en internet... Pero ceder a este sentimentalismo es como pensar que a fuerza de limosnas acabará uno con la pobreza en el mundo. 

El piso, por cierto, es grande y luminoso, y sus nuevos dueños son una pareja joven y simpática, que seguramente lo llenarán de alegría y vida renovada. Librarles de este lastre, se me antoja, es también una manera de contribuir a ello.  

1 comentario:

E. Cabello, Las Cumbres de Ubrique dijo...

Curiosamente llevo unas semanas buscando las crónicas de viajes de Blasco Ibáñez. No hay ningún ejemplar en las bibliotecas de alrededor, y mira por dónde buscando datos en internet he llegado a tu blog.
Yo también echo de menos una casa más grande para poder acoger a tantos libros como están siendo abandonados...