jueves, octubre 17, 2013

MARISMAS

Es difícil explicar por qué acude uno a este cuaderno casi todos los días, y más aún el hecho mismo de escribir por costumbre, o incluso por una especie de automatismo, como quien come o respira. A veces me lo preguntan -es una de las preguntas típicas al final, por ejemplo, de un acto literario-. Y es difícil precisar que generalmente no se trata de un esfuerzo, ni tampoco de una obligación asumida en nombre de una supuesta disciplina personal (lo que no quiere decir que, a veces, estirar el acto "natural" de escribir para que alcance a dar determinados frutos -una novela, un ensayo sistemático, un ciclo poético que se aventure por territorios hasta entonces no frecuentados por uno- no suponga esfuerzo ni requiera cierta disciplina... Pero el mero acto de sentarse a escribir, como hago ahora, no puede entenderse nunca como un torcimiento de la voluntad semejante al que supone, por ejemplo, la realización desapasionada o desganada de una tarea puramente mercenaria. Es un hábito del pensamiento, un modo de encauzar esa desordenada madeja de querencias más o menos ancladas en el pensamiento y la inacción que algunos denominan "vida interior". Es -digámoslo ya, si es que no lo he dicho antes en otros lugares- la única vida interior que conozco, más allá de otras formas de la misma que considero nocivas o morbosas, y que la escritura me ayuda a conjurar: los miedos, las obsesiones, los pensamientos circulares que ocupan la mente en una noche de insomnio... Así que uno escribe... por los motivos mencionados, que quizá no valen lo que una sola razón concreta, y más bien se parecen al puro capricho.

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En la desmedrada vida pública que llevo, una o dos veces al año me veo ante esta curiosa situación: me invitan a leer mis cosas en algún pueblo pequeño y mi anfitrión se siente apurado y como puesto en evidencia si la asistencia al acto no es la que él hubiera deseado: una sala llena a rebosar. Mi respuesta es siempre la misma: si una presentación literaria, en una capital de provincias, se puede considerar un éxito si a ella acuden cien personas -lo que no sucede casi nunca-, en un pueblo pequeño, que puede tener una población veinte veces menor, lo lógico es que, en aplicación de las leyes de la proporción, no haya más de cuatro o cinco personas interesadas en este tipo de actos. Si se congregan diez, se puede considerar un éxito grandioso; y si acuden veinte o treinta, ya hay que empezar a sospechar que alguien ha movido los hilos en un sentido que no es, precisamente, el que decide la suerte de este tipo de cosas... Así que uno se siente de lo más complacido porque ocho o diez personas acudan a verlo. Y si, encima, son atentos y amables -como ocurrió anteayer con el público que vino a verme en este luminoso pueblo de la campiña gaditana, en el que previamente disfruté de un atardecer espléndido sobre unas marismas que se extendían hasta el infinito-, la felicidad es ya completa. Para qué pedir más. 

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Podría uno vivir en cualquier parte, a condición de que no me obligaran a salir de casa.

1 comentario:

José Luis Piquero dijo...

Entonces el mío de esta semana en un pueblo de la sierra de Huelva fue un éxito moderado: cinco personas, de las que dos eran el concejal y el bibliotecario.