lunes, octubre 14, 2013

PECADOS

En la reunión, entre risas, celebramos algunas de las últimas salidas de tono del amigo recién fallecido... Es un hermoso homenaje, exento de lágrimas y sentimentalismos, pero acaso más colmado de cariño que cualquier sucesión de declaraciones emocionadas. Luego la conversación deriva a otra cosa. Y pienso que ésta es la clase de recuerdo que hay que dejar entre la gente que lo trató a uno. La misma clase de cosas, en fin, que se diría del ausente si éste aún estuviera vivo y, por el motivo que fuera, no hubiera podido venir.

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Llegó el temido momento de vérselas con la  invasión de avispas. Creemos que tienen el nido en el hueco de la persiana, así que, con cierto resquemor, levanto la tapa y procedo a fumigar el compartimento con insecticida; con lo que no consigo otra cosa que espantar el enjambre hacia la ventana vecina, por la que penetra en la habitación correspondiente. Acudo allí con el insecticida y, en cuestión de segundos, decenas de avispas envenenadas se retuercen en el suelo. Caigo entonces en la cuenta de que debe de tratarse de una variedad menos agresiva que la avispa común, puesto que, a pesar de la agresión manifiesta que han sufrido por mi parte, ninguna ha intentado defenderse mediante un ataque. Me siento mal ante el daño inútil causado. Y más cuando, a los pocos minutos, observo que vuelven a congregarse en torno a la rendija exterior de la persiana. El avispero es inaccesible; y, en todo caso, no creo que quepa aplicarle alguno de los remedios al uso: ahumarlo o prenderle fuego, a riesgo de provocar un incendio en el edificio... Así que me encojo de hombros. Al día siguiente, todavía las pocas avispas que consiguen eludir la barrera tóxica y penetrar en el estudio llegan fatalmente envenenadas, y agonizan en el suelo hasta que yo, compadecido, me resigno a rematarlas... "Estamos cometiendo un pecado grave", me dice M.A., que no es religiosa, pero que tiene una clara conciencia de que hay cosas que son sagradas. Y aunque le contesto con alguna broma respecto a los efectos perniciosos de un exceso de lecturas zen, sé que, en el fondo, tiene razón.

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Leo la irónica glosa que Edmund Wilson hace del famoso pasaje de Eliot en el que éste se declara "clasicista en literatura, anglo-católico en religión y monárquico en política".  También uno tiene sus convicciones al respecto; pero enunciarlas, qué duda cabe, me llevaría mucho más que una línea, y sospecho que el propio Eliot sacrificó no pocos matices en aras de cierta felicidad de expresión... Por ello, quizá, anunciaba a continuación su intención de escribir nada menos que todo un libro sobre cada una de esas tres cuestiones...

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