martes, octubre 08, 2013

SE AGRADECE


La butaca es fea y demasiado vista, como corresponde a un mueble barato comprado en unos grandes almacenes; pero es cómoda, y se aviene maravillosamente bien con la altura y alcance del flexo de pinza que he asido a un viejo e inestable pie de lámpara. Aquí todo es funcional y más o menos reutilizado, como corresponde a una casa de fin de semana, pero se consigue a veces, entre estos pobres enseres tan convencionales, la anhelada sensación de desconexión de los asuntos que te preocupan. 

No ha sido fácil. A la llegada, todavía me emperré en contestar unos cuantos correos, en reclamar esto, en protestar contra aquello. Las últimas semanas, con su extraña mezcla de gratas novedades e inapelables cumplimientos de las leyes de la vida, le han dejado a uno la cabeza convertida en una jaula de grillos. Pero todo eso parece increíblemente lejos cuando, cuarenta y ocho horas después, en un intervalo de tres o cuatro horas de soledad casi completa -sólo me acompaña K., que a ratos se me acomoda en el regazo, cuando no se pierde en misteriosas exploraciones por la casa a oscuras- devoro varias decenas de páginas del oportunamente titulado Diario de una tregua de Dionisio Ridruejo. Leer diarios es lo más parecido que hay a hallar un confidente receptivo; y éstos de Ridruejo, tan contemplativos, tan melancólicos y serenos a un mismo tiempo, son como la conversación sosegada de un amigo que, por un movimiento de pura empatía, acierta a dirigir la conversación precisamente por los senderos que convienen a tu estado de ánimo. 

Me podría haber ocurrido con otros libros. E incluso es posible que lo hubiera logrado sin libro alguno, acompañado sólo de esta soledad, de la penumbra que circunda este exiguo círculo de luz, del ronroneo de la gata o de la proximidad comprensiva de M.A., que se ha acercado a la casa de unos amigos para ayudarles a disponer de los restos de la hecatombe de palomos con la que aviamos la cena de ayer, y que todavía darán para rellenar un par de gruesas pastelas marroquíes que ya comeremos en algún momento de la semana entrante. Fuera, sobre el pueblo cae el silencio de la tarde de domingo, cuyos letales efectos esta vez no acusamos, porque el día siguiente es fiesta local en Cádiz y no tenemos que trabajar. Necesitaba uno unos días así. Ha costado llegar a ellos. Y ha costado, sobre todo, predisponer el ánimo para disfrutarlos como merecían. Es un logro exiguo, lo sé, porque las preocupaciones, las asentadas angustias, las inseguridades, siguen ahí. Tienen su origen en circunstancias puramente externas, pero lo que les da su color peculiar, hay que reconocerlo, es el carácter de uno. De nada sirve pretender ser otro. Pero siempre son bienvenidas estas horas que, si bien no te convierten en otro, favorecen mucho el olvido de quien se es, y se agradece.   

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