miércoles, octubre 30, 2013

SIMULACROS

Después de aparcar, como faltan veinte minutos para la hora de entrada al trabajo, me quedo en el coche escuchando la radio. Con el rabillo del ojo, reconozco en la acera de enfrente a un compañero que hace lo mismo. Los dos vivimos en las afueras y llegamos con tanta antelación en previsión de posibles complicaciones del tráfico o dificultades para encontrar aparcamiento. Somos casi siempre los primeros en arribar al trabajo y a veces empleamos esos minutos de adelanto en charlar de asuntos diversos: ayer, por ejemplo, comentábamos la muerte de Lou Reed. Se da el caso también de que este compañero mío es persona leída -tanto, en fin, que hasta ha leído algunos libros míos- y conoce a algunos personajes del gremio, de los que a veces me cuenta discretísimas anécdotas, adobadas con un punto de respetuosa ironía. Una de esas confidencias suyas tuvo el efecto de hacerme soñar el otro día con cierto crítico literario al que él había saludado recientemente en unas jornadas del ramo, y que, en mi sueño, me reprendía amablemente por el formato demasiado convencional -me decía- de este cuaderno, que me animaba a renovar... Creo recordar que ése fue el veredicto de un editor al que, por consejo o mediación de ese crítico, hice llegar una novela mía, infructuosamente, hace años... 

Cuento todo esto porque mi primer impulso, al ver a este compañero en el coche de enfrente, es bajarme del mío y acercarme a él, quizá con el objeto de que recorramos juntos los pocos metros que nos separan del centro de trabajo. Él, que me ha visto también, me saluda con un movimiento de cabeza. Pero los dos permanecemos en nuestros respectivos cubículos, sin que ninguno tome la iniciativa de acercarse al otro. Calculo que los dos escuchamos el mismo noticiero, y que probablemente experimentamos la misma incomodidad al sabernos observados. Pero ya no tiene remedio. Finalmente, salgo del coche unos minutos antes de lo estrictamente necesario. Mi compañero me imita segundos después. El hecho de que yo tenga que recorrer unos metros de más para alcanzar un semáforo que me permita ganar la acera opuesta le permite alcanzarme sin forzar el paso. Ninguno de los dos aludimos al incómodo intervalo que acabamos de vivir. Curiosamente, hoy no encontramos nada de lo que hablar.

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Un simulacro de alarma de incendios nos lleva a interrumpir la rutina durante unos minutos y nos hace salir a una plaza abierta sobre la que en ese momento luce un sol inmisericorde. Horas después, todavía siento en las mejillas el efecto de esa inesperada exposición a la intemperie. El calor de esa otra vida que podría estar llevando si ciertas obligaciones más o menos voluntariamente contraídas no me recluyesen en la que realmente llevo.

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Estas mujeres que bajan a la playa cuando ya casi no hay nadie en ella, y que toman el sol como bajo una ilusión de intimidad que recuerda vagamente la de los dormitorios o cuartos de baño en los que, en otra fase de ese tiempo propio del que son dueñas absolutas, proceden a maquillarse o a aplicarse un tinte... 

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