miércoles, octubre 09, 2013

UN MUNDO

El paraje cabe en un bucle de la carretera, y uno ni siquiera se habría molestado en pensar que en ese exiguo trozo de tierra cabía un mundo. Pero así basta con alejarse unos pasos de la alta cuneta para que el declive del terreno borre la fea visión de la cinta de asfalto y te conduzca al centro de un llano salpicado de árboles y atravesado por un arroyo que incluso en verano lleva agua. Y en sólo unos minutos se ha obrado el milagro: no sólo la carretera, también el pueblo ha desaparecido, y no hay otra huella de la presencia humana que las lindes y cercados. Recurre uno a este escondite en esas mañanas de domingo que, de puro desperdiciadas, no dan para más: las hemos malgastado en remolonear, en juguetear en la cama, en desayunar despacio y abundantemente, y cuando se mira el reloj y se ve que falta poco ya para el mediodía, no sabe uno a qué recurrir para contrarrestar la sensación sobrevenida de haber desperdiciado el escaso tiempo libre del que disponíamos. Y ahí está esa excursión mínima, fácil, cercana, que basta para llenar el hueco entre ese angustioso momento de recobrada conciencia y la hora indecisa y fatal del almuerzo, en la que quedan definitivamente liquidadas las ilusiones del fin de semana. Ya quisiera uno que, igual que cabe un mundo en un bucle de la carretera, cupiera una eternidad en la apretada hora que dura el paseo. Lo parece, al menos, en algunos instantes. Ayuda el sonido del arroyo, el canto de los pájaros, las pinceladas algodonosas que prestan un poco de relieve al cielo líquido. Ayuda incluso la sensación de desamparo: la certeza, por ejemplo, de que cualquiera de esas lajas de caliza a punto de desprenderse que circundan el peñón que acabamos de rodear podrían aplastar -de hecho, así ha sucedido alguna vez- a un hombre... Volvemos cansados, sedientos, agradecidos. Y es ahora cuando el tiempo, de verdad, empieza a correr.


Imagen: óleo de José Antonio Martel

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