jueves, noviembre 21, 2013

CAUDALES

Jueves y tiene uno todavía la sensación de que la semana acaba de empezar. Día veinte del mes e impresión idéntica de que éste apenas ha arrancado, cuando lo cierto es que ya casi se ha ido. También las mañanas, pese a que acarrean consigo las rutinas laborales, se pasan volando. Ya ni siquiera el aburrimiento es lento: se aburre uno menos de lo que quisiera, y lo aburrido apenas cunde... Aún recuerdo lo largo que se me hacía, de niño, un simple cuarto de hora: por ejemplo, a la espera de que comenzara el programa infantil de la tele. Contar ahora con un cuarto de hora por delante es antes un motivo de apremio que un margen para la demora. Cuántos cuartos de hora no deja uno pasar ahora a beneficio de inventario, en la certeza de que nada que merezca la pena puede hacerse en tan breve espacio. Sumados, todos esos cuartos de hora dan para muchas horas, muchos días. Es la paradoja del tiempo que se va: ante la imposibilidad de detenerlo, lo deja uno fluir, si acaso, más despreocupadamente. Ahora una tarde da para una una sola cosa: si hay que escribir, se escribe; si hay que salir, se sale; pero lo que es inconcebible es que uno pueda escribir, por ejemplo, de cinco a siete y a esa hora cambiar de tercio y hacer algo distinto. Los días vienen pautados por las ineludibles inflexiones que marcan las horas dedicadas a la comida y al sueño. Y qué poco cunde lo que resta. Si acaso, las mañanas rinden un poco más, si uno madruga -benditas mañanas de sábado, por ejemplo- y no las llenan del todo las obligaciones. Administra uno un exiguo caudal menguante. Y qué angustia da ver cómo se escurre entre los dedos.


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A ver si he entendido bien -hoy todo es economía, íntima y de la otra- el último informe de la troika: los bancos españoles se han recapitalizado con dinero proporcionado por la Unión Europea -es decir, procedente de los bolsillos de los ciudadanos de los países que la integran- a bajísimo interés; y, en vez de hacer que ese dinero revierta en los ciudadanos de quienes procede, lo han empleado en comprar deuda pública, que les devengará unos intereses que también pagarán los ciudadanos; ciudadanos a los que, por supuesto, se les niega el crédito que necesitan para financiar sus necesidades o para poner en marcha sus propios proyectos... De lo que resulta, en fin, que de una sola jugada se exprime al ciudadano tres veces... Qué nombre darle a esto.

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