martes, noviembre 12, 2013

CIEGO


De este lado del cristal han aparecido ya las faringitis y afonías y empiezan a verse las primeras bufandas. Allá, al otro lado, a eso de las once de la mañana, una joven bañista ha extendido al sol un cuerpo largo como un horizonte de montañas bajas y cubierto sólo por una sucinta braga de biquini. Un optimista diría que no hay tal dualismo, y que la realidad abarca ambas cosas, toses y desnudez gloriosa, miasmas y horizontes diáfanos. Pero yo sé que no: que también la vista tiene sus escapadas hacia lo imaginario posible; y que lo otro, lo palpable, es esto que oprime el pecho como una flema imposible de purgar.

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Y hablando de lo visible y lo invisible: la pregunta por mis orígenes literarios que me hizo este hombre ciego en la última presentación de mi libro más reciente; a la que yo, ajeno a las cautelas y consideraciones pertinentes, contesté confesando los muchos "palos de ciego" que di en mis comienzos, y haciendo luego una apología de mi más constante querencia de lector, que es mi frecuentación de los románticos ingleses, a los que elogié precisamente por el firme fundamento de su poesía en la realidad palpable -¿o dije visible?-, para, a partir de ella, y haciendo uso de lo que Coleridge y otros llamaban Imaginación, intentar ver más allá... 

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Mi abuela ciega, buscando casi a tientas en el bolso las mil pesetas con las que me obsequiaba de vez en cuando, con el sobreentendido de que aquel nieto a quien no se le conocía ningún otro vicio -y sí que los tenía- las emplearía única y exclusivamente en comprar libros... 

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No, si alguna vez dejas de escribir, no será por un gesto de despecho -y cuántas veces te lo pide tu orgullo herido- sino por una conciencia clara de que otra forma de vida interior más profunda y satisfactoria -y más recatada, quizá- cubre con creces las necesidades que hoy día satisface la costumbre cotidiana de la escritura.

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