jueves, noviembre 14, 2013

FERNANDO QUIÑONES

Quince años van a hacer ya de la muerte de Fernando Quiñones. Casi me parece verlo todavía cruzando el patio de mi casa en la calle Robles, muy cercana a la suya de Rosario Cepeda, de donde se descolgaba a veces para leernos, a M.A. y a mí, un cuento inédito, o invitarnos a una de las surrealistas cenas que preparaba y con las que nos amenizaba alguna que otra inolvidable noche de verano, o con la simple demanda de consultar en mi biblioteca algún libro de Borges que quizá tenía en su casa de Madrid y ahora necesitaba con urgencia, lo que con frecuencia se traducía en que se sentaba allí mismo, en nuestra sala de estar, a leernos en voz alta el texto en cuestión... Me cuesta separar estas impresiones íntimas de la alta estima que siento por su literatura, aunque me he esforzado en dejar testimonio más o menos razonado de esa admiración en todas las ocasiones en que he podido escribir sobre él, o prologar algún libro suyo -como hice con el que recogía sus crónicas de cine-, o cuando se me brindó la gratísima tarea de antologar su poesía en un libro que titulé, un poco a contrapelo, Crónica personal.

Por ello, no creo que nadie pueda poner en duda mi devoción y respeto hacia quien considero que ha sido el escritor más completo que ha dado Cádiz en el último medio siglo y uno de los representantes más destacados de su generación. Dicho esto, debo confesar también que no acabo de compartir el sentido de la clase de homenajes que a veces se le tributa. Me acuerdo en estos casos del siempre irascible e impertinente Juan Ramón Jiménez, que, cuando sus paisanos le pidieron que apoyara públicamente una suscripción para erigir un monumento a Rubén Darío, se negó a participar en la farsa y dijo que el mejor monumento que podía ofrecerse al gran maestro, a quien el de Moguer admiraba y quería, era la edición limpia y digna de su obra mejor. 

Esa labor está aún por hacer en lo que respecta a Fernando Quiñones, y mucho me temo que, en los tiempos que corren, será complicado que aparezca quien sepa allegar recursos para semejante empresa. Lo otro, por muy buenas que sean las intenciones, es... ruido y ganas de despistar, o contribuir a lo que el propio Quiñones sentía que era el mayor peligro que amenazaba a su imagen de escritor: que lo consideraran un gracioso andaluz más, protagonista de un cierto número de anécdotas pintorescas y recordado más por ellas que por la inmensa obra escrita. No sé. Tampoco lo contrario, que su obra fuera secuestrada y patrimonializada -algún intento ha habido- por parte de una minoría profesoral, parece lo deseable. La Fundación que lleva su nombre intentó durante unos años lo que parece lo más natural y apropiado: mantener su obra viva y gestionar la publicación de la misma en editoriales comerciales activas. La crisis económica y cierto patente desentendimiento por parte de las autoridades que en su día pugnaron por llevarse a su predio la gloria de albergar dicha Fundación han hecho que ésta ande ahora un poco de capa caída, esperando tiempos mejores... Lo malo es que, cuando lleguen, lo mismo el olvido o la insistencia en una imagen falseada han hecho ya su labor de zapa, y entonces será mucho más difícil convencer a los futuros lectores potenciales de que el personaje popular de quien quizá hayan oído hablar fue también el autor de una poesía honda y variada, de un número considerable de cuentos magistrales y de al menos dos novelas, o quizá tres, que difícilmente perderán el favor de los lectores, siempre y cuando encuentren el modo de llegar a éstos. A ver. 

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