miércoles, noviembre 27, 2013

INTENSIDAD


No sé, puede que fuera efecto del calorcito que emanaba del aparato de aire acondicionado, o de haber delegado la responsabilidad de la actividad escolar que estábamos llevando a cabo -la lectura en voz alta de un cuento, en la biblioteca- en mis dos compañeras, que eran quienes marcaban los turnos y amonestaban a los distraídos. El caso es que me estaba dejando llevar por el runrún, por el vago interés que despertaba en mí el cuento -uno de Ana María Matute-, por lo agradable de la temperatura, incluso por una sobrevenida sensación de limpieza corporal que no sé a qué atribuir, porque no hay novedad ninguna en el hecho de que, en las primeras horas de la mañana, acuse aún los efectos benéficos de la ducha tomada nada más levantarme. El caso es que, de pronto, me siento inexplicablemente relajado, libre de apremios, cómodo y abrigado en mi algo despeluchado jersey de lana, e inusitadamente despierto y consciente de mi propia persona, de la luz que entra por los ventanales, de la presencia acogedora y venerable de los libros que cubren las paredes, incluso de la algo monótona placidez con la que se desarrolla la lectura en cuestión. Es como si, de pronto, la realidad se hubiera intensificado, de un modo parecido a como las imágenes filmadas en el cine parecen más intensas y vivas, a veces, que las realidades inmediatas. Dura poco: unos segundos, quizá, o puede que minutos, porque lo cierto es que la sensación también lleva aparejada una pérdida de la conciencia del transcurrir del tiempo -o, más bien, una atenuación casi total de los efectos más visibles y molestos de esa conciencia: el apremio, la impaciencia, las prisas...-. Y cuando recupero, digamos, la percepción normal, la sensación de habitar una realidad algo más desvaída e inconsistente, no siento en absoluto pena por la desaparición del anterior estado de plenitud, sino, más bien, agradecimiento por haberlo experimentado, incluso, en medio de mis rutinas, sin necesidad de propiciarlo, como otras veces, con huidas a la soledad de la naturaleza o a la extrañeza de un lugar visto y vivido por vez primera, como en los viajes. Y los efectos me duran el resto del día.


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Las avispas, al final, no eran avispas, sino abejas. Nos lo dice el empleado de la empresa antiplagas que nos ha enviado el ayuntamiento. Eso explica su naturaleza benévola (aunque lo cierto es que me han picado dos veces); y tal vez, ay, su tendencia suicida. Mañana este mismo empleado fumigará sin piedad el hueco del muro donde se alojan. A quién confesar este crimen que hemos instigado; y qué penitencia tendremos que hacer para mitigarlo.


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Los compañeros me lo dicen: estás muy serio últimamente, casi no hablas con nadie. Pero no saben que esta voluntad de aislamiento no obedece a ninguna pena secreta, sino a una desusada... serenidad; bastante inexplicable, por otra parte.  

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