lunes, noviembre 04, 2013

LIMPIO

Está el campo limpio. No hay mejor palabra para describirlo. Las lluvias de mediados de octubre barrieron definitivamente la capa de polvo y detritos que cubría los senderos y dispersaron los enjambres de insectos que prosperan con el calor y la descomposición de la materia agotada. Ahora las piedras se muestran perfiladas y nítidas, la vegetación despliega toda su gama de verdes, el contraste entre lo soleado y lo sombrío aporta claras líneas de fuga a las perspectivas que se extienden ante la vista, como si el espacio mismo se hubiera hecho más profundo y habitable, como si cada árbol y su sombra, cada mínimo anfiteatro limitado por un cerco de piedras y cada uno de los recesos perfilados por las circunvoluciones del camino, los recodos de las cercas o las caprichosas delineaciones de los arbustos fueran una de esas enramadas donde los poetas visionarios, de Spenser en adelante, creían descifrar recónditas epifanías.

He llegado hasta uno de estos rincones en busca de ramas para ayudar a prender la leña de la chimenea. He dado la vuelta a la manzana de casas y avanzado hasta el lugar donde hace apenas unos años una enorme laja se desprendió de la montaña y aplastó un depósito de agua. Ahora el camino bordea discretamente la roca caída y enlaza con la vereda que sirve de acceso a una sucesión de pequeños cercados y corrales, muchos de ellos casi indistinguibles de esas otras delimitaciones arbitrarias debidas a la vegetación o a los afloramientos rocosos. Bajo una encina he encontrado una rama caída, que procedo a trocear para hacer manojos de palitos que voy introduciendo en una bolsa. La tarea me despeja la mente e infunde un principio de sentido a esos primeros y atolondrados pasos míos bajo el efecto pasajero del malestar que a veces acompaña el comienzo del día. Por fútil que parezca, esta tarea se me antoja mucho más importante y necesaria que, pongo por caso, la rutina que me espera en cuanto, dentro de  unas horas, me reincorpore a mis obligaciones habituales. De hecho, escribo esta nota ya en mi mesa de trabajo, después de haber leído una ristra de novedades decepcionantes y noticias deprimentes y zanjado algún que otro viejo asunto en un mero gesto de desilusionada conformidad con el curso de los acontecimientos... Pero incluso este desánimo tan palpable del domingo por la tarde parece ahora menos real que la precisión de los senderos, las piedras y los árboles a primera hora del día, o la pertinencia del propósito que me llevó hasta esos parajes. En mi haber tengo una buena provisión de ramas para encender el fuego y combatir los fríos por venir. Es mucho más que lo que debo a otros desvelos míos.

No hay comentarios: