martes, noviembre 19, 2013

LOGROS

Terminó la huelga madrileña de basureros; que tiene para nosotros el valor añadido de ser el primer acontecimiento capitalino del que tenemos puntual noticia a través de C. El viernes sin ir más lejos nos describía el deprimente aspecto que ofrecían las calles del centro invadidas por las basuras, pero también nos daba cuenta de que el sentir generalizado de la población no era en absoluto hostil a los huelguistas, y que la opinión predominante era que éstos tenían razón. También ella, en su recién adquirida condición de ciudadana madrileña, era de esa opinión. Y nosotros, tan reticentes otras veces a tomar partido en estas cuestiones en las que el interés particular de unos tan flagrantemente entra en conflicto con lo que entendemos que es el bien común, esta vez le damos la razón, tal vez porque, de alguna manera, nos parece estar reviviendo, a través de su experiencia madrileña, la que fue la nuestra -la mía, en este caso- cuando teníamos su edad y Madrid era, como lo sigue siendo hoy, el lugar donde confluían todas las aspiraciones y deseos de este complicado país nuestro. Y el caso es que dicha huelga, tal vez por esa carga sentimental añadida, nos ha recordado las de la Transición. Como ellas, ponía por delante, no un desesperanzado intento de llamar la atención de la ciudadanía, ni la mera intención de escenificar una protesta política -que son, ambos, las causas de la lamentable impresión de impotencia que causan tantas protestas laborales de hoy-, sino un conjunto de reivindicaciones simples e irrenunciables, defendidas con ejemplar empeño: el mantenimiento de todos los puestos de trabajo -y, por tanto, la negativa tajante a transigir con el despido de unos a cambio de conservar el puesto de trabajo de otros-, y una negativa, absoluta también, a aceptar la más mínima bajada de sueldos. Han ganado, y lo merecían. No quiere uno pecar de optimista, pero no puedo evitar pensar que se ha quebrado, por fin, una funesta tendencia al conformismo y a la docilidad. Por primera vez en mucho tiempo, los trabajadores han pensado en sus intereses, y no en un hipotético programa de supervivencia económica que apenas enmascaraba los de la patronal y el gobierno. Y eso es bueno. Y hasta nos rejuvenece, qué caramba, aunque sea a través de los ojos limpios con los que C. contempla los paisajes -también sociales y políticos- de su recién estrenada vida adulta.

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Tal vez la razón última por la que talaron la morera de la que hablaba ayer era que sus frutos caídos y aplastados ensuciaban el pavimento... Pero ni aun así: se ha utilizado una sierra mecánica para arreglar un problema que se solucionaba con una manguera. 

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Tras la lluvia, el torrente de luz que irrumpe por un extremo de la calle para encender las siluetas de los transeúntes apresurados que todavía no han cerrado el paraguas, y cuyo reflejo se diluye en esa otra realidad paralela que habita provisionalmente los charcos... Esta amigo pintor lleva más de dos semanas intentando desenredar esa madeja y, a la vista de los resultados, uno diría que ya lo va consiguiendo. Y que tal vez eso explica que se le vea desmejorado y exhausto, sí, aunque en absoluto desanimado. Esos logros presuponen estos desgastes, aunque de la pertinencia de unos y otros ni siquiera él sepa darnos la razón.

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