lunes, noviembre 25, 2013

ORIENTE


Tras el enésimo combate singular con las avispas -singular por mi parte: yo solo contra un enjambre entero- creo haber solucionado el problema al taponar la junta del marco del hueco de la persiana por la que creía que entraban en mi cuarto de trabajo. Y cuando, libre por fin de los molestos zumbidos y revoloteos que me han acompañado en las últimas semanas, procedo a hacer sitio en las estanterías a algunos libros -más bien unas decenas- que se me habían acumulado últimamente, soy objeto de una feroz venganza: una avispa que agonizaba entre los libros me clava su aguijón en el meñique. Rabio de dolor, pero lo tomo deportivamente: es una de las necesarias heridas que ha de lucir el vencedor. Pero tampoco: a la mañana siguiente, las avispas han vuelto a entrar, no sé si rompiendo el frágil precinto de cartón y cinta adhesiva con el que taponé la grieta o por otro conducto. Con lo que mi victoria de ayer fue sólo provisional y la guerra continúa.


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Todo esto contrasta con el espíritu, digamos, contemplativo (zen, más concretamente) que ha presidido las horas más gratas del fin de semana. Asistíamos a unas jornadas de cultura japonesa organizadas por unos entusiastas vecinos nuestros. Admiramos la destreza de unos luchadores de aikido, escuchamos con interés las enseñanzas de un monje budista, nos extasiamos con un concierto de shakuhachi o flauta tradicional japonesa, aprendemos a transcribir nuestros nombres en caracteres del katakana y ensayamos una breve conversación en japonés. También nos iniciamos en el difícil arte de la caligrafía y hasta intentamos dibujar sobre papel de seda el kanji o ideograma que representa el nombre japonés de nuestra gata; y nos ejercitamos, por último, en los delicados principios  del ikebana o arte japonés del arreglo floral... Ya sé que todo esto suena un poco afectado y puede que banal, una mera distracción de fin de semana. Pero lo singular, para mí, ha sido la constatación de que hay clientela para este tipo de cosas -en una población, en fin, en la que es difícil congregar a más de diez personas en la presentación de un libro, por ejemplo-, y de que es posible hacerlas con muy pocos recursos y una pizca de imaginación. De lo que se trataba, en el fondo, era de la reafirmación pública de un grupo de personas que tiene precisamente esos intereses; y quizá la cultura deba ser eso: la libre concurrencia de gente que se reúne para hablar de lo que les gusta. Lo otro, las mesas con paño rojo presididas por un concejal, ya sabemos lo que da de sí. 


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Por no salir de Oriente, termino de leer los Cuadernos de Benarés del poeta Jesús Aguado, que lleva más de viente años frecuentando la India y se ha valido de las reflexiones derivadas de esa experiencia para construir una brillante poética que es, también, un método de autoconocimiento y vida. Lo llamativo, para mí, es la semejanza de esta espiritualidad con las ideas que inspiraban a los poetas mayores del Romanticismo europeo -el inglés, sobre todo-: la necesidad de lograr una visión directa y plena de las cosas, no mediada por la cultura recibida ni por las limitaciones de nuestros propios sentidos, y conducente a una fusión de la mente visionaria con esa realidad plena. Esa aspiración siguió vigente en algunos poetas posteriores -he podido constatarla, por ejemplo, en unas espléndidas memorias de Kathleen Raine que he leído recientemente-; pero lo que diferencia a Oriente y a Occidente al respecto es que, lo que aquí fue y sigue siendo la aspiración intelectual de una minoría consciente, allí es el fundamento de una manera de entender la vida que goza de amplia aceptación y se expresa en infinidad de prácticas sociales y culturales. Entiendo la fascinación -no necesariamente unida a la aceptación acrítica- que un europeo culto puede sentir al comprobar esta especie de generalización de lo que para él sólo eran, hasta entonces, aspiraciones no del todo realizadas en su cultura madre. Se vuelve de la India -éste me parece que ha sido el caso- convertido en romántico. Que no es poco.

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