martes, noviembre 26, 2013

ROMÁNTICO

El caso es que yo ya lo había pensado, cada vez que enfilaba en invierno el hueco de aire frío de las escaleras y sentía el olor a cloro del agua con lejía con la que acababan de fregarlas. Una sensación a medias estimulante y a medias reminiscente de esas horas de temprana oscuridad en las que uno se imponía el deber de hacer un poco de ejercicio físico, y con ello el de salir de casa, desnudarse en un vestuario, sentir el escalofrío de la ducha apenas templada, vencer la pereza con la que se encaran los primeros doscientos metros (ocho largos) de calentamiento... Este chico con el que me cruzo en las escaleras a primera hora de la mañana acierta a expresarlo mejor que nadie al espetarle a su compañero: "Quillo, huele como en la piscina."


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Más sobre las avispas. Que entren en la casa a curiosear, o a protegerse de la intemperie, o llevadas, como los gatos, por un impulso natural a explorar todo lo que se les presenta como una abertura al misterio, vale. Pero que lo hagan simplemente para morir, y precisamente aquí, a mis pies, eso es lo que no entiendo. 

Hoy hemos llamado a los de las plagas, a ver qué nos dicen. 


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No sé si lo somos por pereza o por determinación. Pero lo cierto es que, doscientos años después del nacimiento oficial del Romanticismo, nadie ha podido certificar convincentemente su muerte. Estamos abocados a ser románticos, pese a todo. Y la única novedad es que, inmersos en una más de las recurrentes crisis del capitalismo industrial y consumista, ahora es un poco más sencillo reconocer en nosotros lo que desde sus comienzos fue una actitud de resistencia hacia lo que se nos venía encima.

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