lunes, noviembre 11, 2013

SOCIABILIDAD


Hasta hace relativamente poco, la modesta sociabilidad literaria que uno se trae entre manos consistía sobre todo en asistir a las presentaciones y actos públicos de autores mayores que yo. Hoy sucede lo contrario: cuando me decido a asistir a un acto  literario -lo que ocurre cada vez con menor frecuencia-, éste suele estar protagonizado por un autor más joven. A los de antes los consideraba, en muchos casos, mis maestros. Con los de ahora, mi relación se reduce, más bien, a la constatación de una maestría de la que ya poco puedo aprender. Y qué melancólicas conclusiones extrae uno de este cambio de perspectiva. 


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En la presentación de La ciudad donde nunca llueve, la primera novela de un autor de treinta y dos años del que hace algunos años escribí esto en el prólogo de una multitudinaria y tumultuosa antología poética: 

"Con Eduardo Flores (Cádiz, 1981) salimos del territorio de los poetas que se definen por sus referentes literarios para entrar en el de aquellos en los que la biografía y el carácter se imponen como referentes inmediatos. Lo que no es un demérito, ni mucho menos. Autodidacta, soldado, trabajador portuario (como lo fue Fernando Quiñones), sus mejores poemas ensayan una ternura lúcida, expresada en imágenes tan sencillas e inmediatas como efectivas: «Entonces yo / giraría con torpeza mi cuerpo ajado, / miraría tus ojeras / de gata jubilada, / de madre, de esposa, / tus arrugas...»".

Me atrevería a decir que su novela, que todavía no he leído, se mueve en un territorio similar: una difícil ternura, que no excluye la crudeza y el desengaño precoz, pero que casa bien con la personalidad de su autor y con la rara probidad que parece desprenderse del hecho mismo de no ser alguien que exhibe antes que nada sus credenciales librescas, sino que ofrece la propia vida como garante de la verdad última de su literatura. Presentó el libro entre familiares y amigos, casi todos ellos de su misma edad. No era, desde luego, el ambiente típico de las presentaciones formales, ni falta que hacía... 

Sería absurdo, en fin, que yo, por el mero hecho de tener casi veinte años más, rematara esta nota con un comentario paternalista. Si acaso, confieso una cierta envidia: quién volviera a ese bendito momento del comienzo, cuando, teóricamente al menos, todos los caminos y posibilidades están abiertos ante uno. Teóricamente, digo; porque ya se sabe que muchas cosas que sólo se manifestarán en toda su plenitud con el tiempo están ya insinuadas en la primera página que uno se atreve a mostrar, y de esas predisposiciones, para bien o para mal, no hay quien escape. 


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Me cuenta un amigo editor que hace unos días tuvo la ocasión de interceder por por cierto autor novel ante la persona responsable de una poderosa editorial que se caracteriza por sus éxitos de ventas; quien le preguntó si el autor en cuestión estaría dispuesto a aceptar las indicaciones del comité de expertos con que esa editorial cuenta para adaptar al presunto gusto de su público el estilo y las historias de los autores que pastorea... Lo que explica muchas cosas. Entre otras, la falta de carácter de la mayoría de los libros que publica esa editorial; incluidos, ay, muchos debidos a autores de cuyos antecedentes uno esperaba otra cosa. 

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La engañosa imagen de que el paso de los años supone un avance hacia algún sitio. Cuando lo único cierto es que las metas, de existir alguna, quedan cada vez más lejos.

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