miércoles, noviembre 13, 2013

TEORÍAS

Al otro lado del mismo ventanal que mencionaba ayer, un trasatlántico desplazándose sobre la línea del horizonte en dirección a la embocadura de la bahía. El sol no ha asomado aún, pero una luz polarizada, sin foco visible, rasa el mar y presta a su superficie un tacto de paño acariciado a contrapelo, del que surge, como por obra de la electricidad estática resultante, una fosforescencia irreal, atenuada aquí y allá por esos inexplicables virajes a un azul más profundo y apagado que a veces presenta el mar en calma. 

Al otro lado de esa extensión, decía, el curso sereno del trasatlántico encendido como una verbena que transcurriese sobre una isla flotante. No es la primera vez que veo esta imagen, y siempre a esta misma hora al filo del amanecer, como si estos barcos se atuvieran a un estricto protocolo que los obligase a arribar a sus puertos de escala justo al comienzo del día, para que sus viajeros disfruten de una jornada completa en la ciudad de destino. De este lado del ventanal, esas singladuras no gozan de mucha estima: hay quien dice que en esos barcos sólo viajan jubilados, parejas aburridas, melancólicos borrachos abonados al privilegio de la barra libre. No será para tanto, pienso, aunque tampoco parece posible la idea de felicidad que sugiere esa cubierta engalanada de luces en medio de la inmensa penumbra crepuscular. Tal vez, para esos viajeros, la felicidad posible e inalcanzable es la que sugieren estas otras luces más cercanas, las de las farolas que se alinean en el paseo marítimo. En medio, entre la avenida iluminada y el horizonte lejano, una barca de pescadores traza también su raya en el manto azul eléctrico. Mentalmente me embarco en ella. Y ya no estoy ni aquí ni allá. 

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A ver cómo lo digo sin que parezca que digo lo que no quiero decir. La única razón por la que el capitalismo recurrió en Europa a esa estrategia de atenuación de sus excesos que conocemos por el nombre de "estado de bienestar" fue el miedo: el que inspiraba el poderío de la Unión Soviética, la posibilidad de una revolución social, las manifestaciones más violentas de la llamada "lucha de clases". Extinguidos esos peligros, el capitalismo vive ahora una casi desconocida sensación de impunidad, que le permite deshacer gran parte del camino recorrido a favor de la justicia y la igualdad en las sociedades más avanzadas. No digo yo que, para volver al deseable punto medio, sea necesario restablecer los viejos equilibrios dictados por el terror. Pero a veces parece que la ceguera de las clases dirigentes casi no permite otra alternativa. Y la hay, como la historia de la Europa de los últimos sesenta años demuestra sobradamente. Si es que toda esa historia, en fin, no ha sido otra cosa que una estrategia sostenida de desarme ideológico y social, quién sabe. 

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Si hay que volver al marxismo, que sea al modo del que profesó Walter Benjamin: una especie de teoría de la lucidez que, más que animar a la acción transformadora, predisponía serenamente a una especie de desesperación razonada, cuyo posible mejor desenlace no andaba muy distante de la clase de liberación que depara la razón poética.

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Para eso acuden todas estas avispas a mi balcón: para, una vez traspuesta la barrera invisible de los vidrios, morir de impotencia a este lado. 

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