lunes, noviembre 18, 2013

UN SUCESO


Consternación general en el pueblo porque han talado la morera centenaria. Lo han hecho mientras procedían a "remodelar" una plaza que, en opinión de todos, no necesitaba reforma alguna, y si acaso sólo requería mayor limpieza y cuidado. En cualquier caso, siempre habría sido posible edificar la plaza nueva en torno al viejo árbol, que daba una sombra generosa y era parte del paisaje sentimental de cuantos lo recordaban allí desde que nacieron hasta hace apenas unos días, cuando, a la hora en que todos hacían la sobremesa del almuerzo o descabezaban una siesta, unos operarios procedieron a cortarlo. 

Me entero el viernes por la tarde, al pasar por la barra del Refugio a saludar a los amigos. Uno de ellos me hace la apología del árbol muerto. Las moreras, me dice, se adaptan bien al entorno urbano. Sus raíces no levantan las aceras ni rompen las tuberías. Cuando encuentran un obstáculo, lo rodean limpiamente, sin dañarlo... Lo dice en el tono en el que suelen enumerarse las presuntas virtudes de un reo injustamente sentenciado. No hay ya remedio. A la mañana siguiente, paso por el lugar del crimen y fotografío lo que queda del árbol: un tocón ni siquiera limpiamente cortado, en el que pueden verse las huellas del desgarro, como si, más que talado, el árbol hubiera sido arrancado por un inconcebible temporal que hubiera centrado su furia en lo que hasta hace unos días era una plazuela recóndita y hoy es una fosa abierta. 

Todo el mundo habla de ello. Y, aunque nadie lo dice, lo que late en el fondo del malestar general es la sensación de que lo sucedido no es tanto un simple desafuero como un acto de maldad gratuita, cuyo alcance queda definido por las palabras de una anciana a la que nos encontramos el domingo por la mañana y que, al hacernos la crónica del suceso, compara la pérdida del árbol con la de su propio hijo, muerto en plena juventud hace unos años. Ella no acierta a decirlo, pero el fundamento de su argumentación parece claro: hay infortunios que parecen desafiar el orden natural de las cosas. Con una agravante, en el caso del árbol: su muerte podría haberse evitado. O, por decirlo de otro modo: ese acto de soberbia gratuita, dirigido contra algo cuyo lugar en el orden de las cosas se justifica por razones que escapan a las estrechas consideraciones mundanas, ha tenido como resultado una... profanación.  

4 comentarios:

Carmen dijo...

Gente destructora de lo bello y bueno, que imponen sus obras por muy innecesarias, torpes y horteras que sean. Procuremos que no ataquen de nuevo. Mi pesar a los habitantes, visitantes y admiradores de Benamahoma.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias por el comentario,Carmen; aunque el lugar en cuestión no es Benamahoma, sino Benaocaz.

RAFA PULIDO dijo...

Bellas palabras para describir un acto cruel...Lo peor de todo es que estos actos quedan en el olvido al día siguiente...

Gloria Esteban dijo...

¿Qué tal si en lugar de limitarnos a comentarlo alguno de nosotros denuncia al autor/a por atentado contra el patrimonio urbano, y crimen ecológico?¿Este árbol no estaba protegido por la autoridad competente?