miércoles, diciembre 18, 2013

ECONOMÍAS

Nada más complicado que obedecer a los propios sentimientos; que no es ceder a ellos descontroladamente, como lo haría un niño, sino aceptar la honda parte de razón que les corresponde en el gobierno de los asuntos propios, y actuar en consecuencia. Se sustrae uno a su mandato en beneficio de otras instancias subalternas: los compromisos sociales, por ejemplo, o el temor a quedar en evidencia, o el cálculo interesado de los perjuicios que podría acarrearte poner de manifiesto esa verdad tuya esencial que encuentra su más nítida expresión en tus rechazos viscerales o en tus adhesiones más entusiastas. Pero siempre sale uno perdiendo en esas transacciones. Cada vez menos, claro, porque también llega un momento en que la propia economía vital no puede permitirse esas pérdidas.

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Recordaba El bueno, el feo y el malo de Sergio Leone como una película abigarrada, recargada, brillante en sus excesos. Pero había olvidado, de paso, la noble ambición que la anima, esa secreta armonía que hace que lo complejo parezca meramente... divertido. La desproporción, por ejemplo, entre el planteamiento de la historia -que prácticamente consume tres cuartas partes de la misma, las dedicadas a describir el sutil mecanismo de casualidades que une a los tres protagonistas- y el final precipitado y banal, como corresponde a unas convenciones genéricas que, pese a las apariencias, se quieren respetar escrupulosamente. Y el trasfondo: la guerra civil americana, tal como la hemos visto en otras películas, pero despojada de toda épica, de todo heroísmo, y reducida a una despiadada sucesión de cuadros de miseria y horror -regimientos agotados y hambrientos, ejecuciones sumarísimas, desolados paisajes de después de la batalla-, en comparación con los cuales las violencias más o menos gratuitas a las que se aplican los protagonistas resultan poco menos que insustanciales; como si, tras su apariencia de aparatoso divertimento, la película quisiera poner de manifiesto la insignificancia de ese individualismo omnipotente a cuya defensa se habían consagrado previamente las mejores producciones del género. El vaquero solitario de otros tiempos no es ahora más que un vagabundo avezado en ganarse la vida del peor modo posible. Pero el mundo que lo rodea no merece siquiera el secreto anhelo -esencial en los héroes del western clásico- del arraigo.  

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Dispendios del orgullo herido. Dolerse del fracaso resultante de haber convertido un aparente logro en una flagrante decepción. 

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