lunes, diciembre 23, 2013

PROGRAMA MÁXIMO

Uno de los rasgos más curiosos de la política española hasta hoy era que ni la izquierda, cuando ha gobernado, ha hecho política propiamente de izquierdas -salvo detalles, en fin, casi siempre más referidos a lo sociológico que a lo económico-, ni la derecha, cuando le ha tocado el turno, se ha atrevido a aplicar su programa máximo -sociológico, claro, porque lo económico ya se lo había dejado servido la izquierda-. No es que esa situación resultara muy satisfactoria que digamos: denotaba, más bien, un descorazonador inmovilismo. Pero que las tornas estén cambiando resulta aún más inquietante. Que la derecha se atreva ahora a poner en efecto sus máximas aspiraciones -en lo social, en lo educativo, en lo moral- como si no temiera que, en un próximo vuelco electoral, la izquierda proceda simplemente a invertir las tornas, parece indicar al menos una de estas dos cosas: o bien confía en que ese vuelco electoral no se va a producir de manera inminente, o bien da por sentado que, si se produce, la nueva mayoría, atada de pies y manos por no se sabe qué temores y compromisos, no se atreverá a deshacer lo ya consumado. Aunque también hay otra explicación: temerosa de que la abandone su electorado más moderado -la clase media golpeada por la crisis-, no tiene más remedio que apelar a sus votantes más radicales, llamados ahora a hacer piña en torno a un ideario que hace apenas unos meses ni soñaban con ver hecho realidad, y que, si pierden las próximas elecciones, será flor de un día... O no, quién sabe.

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La memoria de los gatos. Después de meses sin ver a C., K. no tiene más que olisquearla y rondarla un poco para percatarse de que, para su conciencia de gata, la estudiante con ínfulas de adulta que vuelve a casa por vacaciones sigue siendo la niña a cuyos mimos solía abandonarse casi sin reserva, pero a la que también mostraba a veces sin rebozo su mal humor. Nosotros no lo tenemos tan claro.

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Estrategias de mercadillo. Preguntar por el precio, no del libro que te interesa, sino del que está al lado, y al que tocas con un dedo como si, en realidad, la sola idea de comprarlo -de comprar cualquier libro, en general- resultara un capricho extraño, una insólita ocurrencia de la que ya te estás arrepintiendo... Surte efecto. Tanto, que el vendedor ha creído necesario añadir, a la rebaja de precio, un detallado resumen del libro en cuestión, por si la información contribuye a que me decida... Lo que me hace pensar, no sólo que lo ha leído o al menos hojeado, sino que, quizá -sólo quizá- este hombre está vendiendo su propia biblioteca. Pero no: sólo se está trabajando el género, y lo que yo he confundido con ese lazo íntimo que se crea entre un lector y un libro leído, es sólo... el resumen que viene en la solapa del libro objeto de estos tratos.

O eso me digo, para aplacar una incipiente mala conciencia que, de todos modos, me va a acompañar ya el resto de esta soleada mañana de domingo.

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