martes, diciembre 03, 2013

SONETOS


Qué engaño, qué señuelo falsamente tranquilizador éste del paso de las estaciones y su ilusión de vida cíclica, eternamente renovada. Ha vivido uno ya esta luz, estos gélidos cielos cristalinos de finales del otoño, estas tardes de oro, y por eso mismo cree uno asegurada la eterna repetición, no ya de los fenómenos meteorológicos propios de la estación, sino de nuestra propia condición de testigos también eternos de ese sucederse. La creencia en el eterno retorno no puede basarse en otra cosa que en la constatación de estas recurrencias. El dios que asegura la eternidad es el mismo que asegura, pongo por caso, que las espigas madurarán en el momento apropiado. Y no quiere uno sustraerse del todo a este dulce engaño al que incitan las meras analogías.

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Se siente uno, a veces, más inmaduro e inexperto que muchos de estos jóvenes a los que una cierta precocidad, que posiblemente no tenga otras causas que las meramente biológicas, presta de pronto ademanes, inflexiones y convincentes gestos de persona experimentada. No envidia uno esas precocidades: demasiado camino adelantado, ay, para una carrera tan corta.

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El único consejo de supervivencia que se le puede dar a un mal poeta: no escribas nunca un soneto. Porque incluso el lector más exigente puede transigir, en un momento dado, con una bazofia que se le presente como escrita en un registro al que no está acostumbrado. Pero un soneto... Un soneto, o se sabe escribir, o no se sabe. Y no hay manera de dar gato por liebre.

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