martes, diciembre 31, 2013

UN BALANCE

Imágenes, destellos que ha dejado en nosotros el año que termina. Cierro los ojos y veo una calle flanqueada de tenderetes mal protegidos de la lluvia por precarias marquesinas de lona: Tánger en febrero; y luego, por contraste, las fachadas blancas y la mesurada arquitectura entre racionalista y art-deco del ensanche español de Tetuán, en uno de cuyos pasajes ojeo los libros de otro misérrimo tenderete callejero. Fui feliz -en ese sentido en el que la felicidad suspende el tiempo y sitúa las preocupaciones habituales de uno en una especie de dimensión atenuada de la realidad- en El Hafa, el célebre café en terrazas que se asoma al Estrecho desde las estribaciones de Tánger; como lo he sido, también, leyendo a los románticos ingleses bajo el imperativo de una tarea académica autoimpuesta. De ellos he aprendido, o recordado, que la Imaginación es, sobre todo, una manera de ver. Y me he esforzado mucho por aproximarme a esa especie de grado sumo de la visión. En mis paseos, a solas o acompañado, por los alrededores de Benaocaz. En las muchas horas que paso ante esta pantalla, divagando -como ahora- o esforzándome en llegar a alguna parte, pero dejando que la mirada a veces se me distraiga y vuele, más allá de la ventana, por encima de las marismas e incluso del istmo que cierra la bahía, hacia un horizonte surcado por luces de barcos. O hacia esa otra luz, difusa y como habitada, que filtran las copas de los árboles en ciertos recesos del bosque donde uno parece reencontrarse con el recuerdo de un miedo antiguo y la expectativa de una revelación... Todo eso me ha ocurrido este año. Y haber compartido con M.A., siquiera desde mi condición de testigo cercano y columnista ocasional, el heroico intento de poner en marcha en la ciudad un periódico sostenido únicamente por el esfuerzo de quienes lo hacían y el apoyo -que finalmente no fue el que se esperaba- de la ciudadanía. Y haber publicado un libro en un año en el que lo normal hubiera sido que un escritor de mis recursos y alcances no publicara nada. Y ver a C. en el estreno de su flamante mayoría de edad y de sus estudios universitarios. Y haber quedado de este lado del umbral que otros han cruzado, en esta edad en la que lo normal es asistir todos los años a no pocas despedidas definitivas: la de H., que enfermó, remontó la enfermedad y volvió a caer para no levantarse; la de la mujer del amigo J.M., hermosa, joven y llena de vida -y qué cerca se sitúa uno del tópico cuando constata ciertas evidencias-. Podría anotar también que he pasado más tiempo con ciertos muertos que con algunos vivos muy cercanos. Con el fantasma de Poe, conjurado de nuevo bajo el ya mencionado pretexto académico, pero que me ha servido de guía para regresar a algunos de mis predios literarios favoritos. O el de Malaparte, cuyo monólogo ante la Mamma marcia va a servirme para despedir el año. O el de Mohammed Chukri, de cuya mano he querido prolongar el vértigo de las calles de Tánger; o el de su paisano Ángel Vázquez, que también tiene su altar en esa especie de panteón de viejas glorias que es la Librairie des Colonnes, en la parte moderna de la ciudad norteafricana. Muchos libros leídos y casi ninguno de actualidad inmediata: de ahí lo irrelevante, en fin, de estos resúmenes míos de fin de año. Lo mismo podría decir de las películas vistas o las músicas oídas. También he escrito: algunas páginas del ya mencionado trabajo universitario en el que ando ocupado; muchas de este diario; los últimos retoques de un libro de cuentos, algún adjetivo añadido o quitado a un libro inédito de poemas... No me quejo: no ha sido un mal año. Ha habido incluso un premio literario, con todo lo que eso tiene de momentáneo espejismo sobre la verdadera posición de uno en este dudoso mundillo. Ha habido otras urgencias: algunas, tan prosaicas -y comunes- como las que afectan al bolsillo; y es casi divertido constatar cómo el declive de la clase media puede medirse por la cantidad de electrodomésticos averiados que se van acumulando sin esperanza de renovación inmediata... Tampoco las hay en lo que atañe a la marcha de los asuntos colectivos; si acaso, una rabia mal contenida, que uno trata de reprimir por saberla parte de esa especie de mal congénito que de vez en cuando nos afecta en tanto que ciudadanos de un país enfermo... 

Hay salud, eso sí (crucemos los dedos). Y amor (creo). 

A ver qué escribimos a finales de 2014.

3 comentarios:

ANTONIO SERRANO CUETO dijo...

Me alegra haber compartido alguno de esos momentos (no, por supuesto, los de la dolorosa marcha de H. y M.) contigo y M. A. Feliz 2014 y un fuerte abrazo.

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Después de leer casi todo lo que has escrito en el año que se va, que tengamos salud y ánimo para que yo pueda seguir haciendo lo mismo en el que entra. Es un buen oficio el nuestro. Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Feliz año también para vosotros, Antonio y Emilio. Un abrazo.