viernes, diciembre 27, 2013

UNA ESTAMPA

En la tarde transparente, morada, reflejada en las láminas de agua quieta, los pasos aparentemente atolondrados de una garza en una de las charcas que deja la bajamar. Daba una o dos zancadas, abatía rápidamente la cabeza para atrapar algo, extendía luego las alas como para iniciar en falso un vuelo que concluía en otra parada y otra zambullida de la cabeza... "Está jugando", me dice M.A. Y, en efecto, y aun en contra de la evidencia de que estaba también alimentándose, no era posible describir su actitud de otro modo. Se hallaba en uno de esos momentos en los que el mayor ensimismamiento -ese gesto de seguir el propio reflejo en el agua- va unido a la máxima felicidad, y ni siquiera la conmovedora soledad de su delgada silueta en medio de la marisma, recortada contra el resplandor violáceo del cielo reflejado en la superficie de la charca, aminoraba la evidencia de esa alegría. 

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