lunes, diciembre 16, 2013

ZAMBOMBA

Me retiro cautelosamente, casi sin dar aviso a nadie -sólo a quien , al echarme de menos, podría inquietarse-. La fiesta está ya en su punto álgido, pero quizá uno ha ido demasiado deprisa o demasiado despacio y se siente ahora necesitado de unos instantes de reajuste, de recuperación del sentido de la realidad. El sol de invierno se ha hecho sentir en toda su fuerza en las horas centrales del día, pero ahora, al declinar, va cediendo su lugar a una transparencia gélida que se parece mucho al desamparo, y de la que sólo cabe cobijarse arrimándose más a la hoguera -y, con ella, al núcleo cordial que representan las risas y los cánticos de los congregados a su alrededor- o abrigándose bien y buscando esa otra clase de calor que se deriva de apretar el paso en un afanoso paseo sin meta. Ése soy yo ahora. Me ha bastado rematar una cuesta para perder definitivamente de vista la reunión, aunque su algarabía sigue todavía acompañándome durante unas decenas de metros, hasta que dejo definitivamente de oírla al doblar una esquina. No veo a nadie. Alguna que otra ventana encendida proyecta sobre la calle el resplandor vacilante de una llama. Sin darme cuenta, me dejo llevar a esos recesos en los que las callejas estrechas empiezan a confundirse con las meras alineaciones de muretes de piedra que delimitan corralizas o señalan el contorno de una casa derruida. Me gustan estos laberintos y me llena de satisfacción encontrar todavía en ellos un pasaje desconocido, un callejón por el que nunca antes había pasado, un claro desde el que el panorama familiar del pueblo se me muestra de pronto desde un ángulo inesperado. Se ha hecho de noche mientras tanto, pero la creciente oscuridad no ha mermado en absoluto la sensación de transparencia. Es una oscuridad diáfana, como ciertos cristales negros, en la que parece entreverse el mecanismo que conecta el curso de la esfera sólida sobre la que camino con el de esos otros cuerpos que flotan en el firmamento. También en mi cabeza, despejada ya, las ideas parecen ordenarse según una correlación matemática determinada por pesos y distancias. Ve uno ahora con inusitada claridad. Y es esa misma claridad la que determina que, reajustados ya el cuerpo y el espíritu, se reintegre uno a donde lo esperan. Hora ya de volver sobre tus pasos. La fiesta continúa. 

***

La verdad es que quien inventó la zambomba no tenía vergüenza.

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Pesan sobre mi conciencia los diez días transcurridos sin anotar nada en este cuaderno. Cuando un amigo me refiere el hecho, siento una mezcla de vergüenza y ansiedad. Me excuso de mala manera: las obligaciones laborales aparejadas a la fecha no me han dejado tiempo para nada más. Pero entiendo que su reproche encierra también una apreciación que no deja de resultar halagadora: la de que este cuaderno no sólo cumple su función respecto a la economía íntima de quien lo escribe, sino también respecto a la de quienes, por proximidad, se sienten partícipes de esa intimidad y esperan ver su parte alícuota oportunamente reflejada en estas anotaciones. Qué tremenda responsabilidad. Y qué peligro.  

4 comentarios:

arati dijo...

Despedirse a la francesa... uno de los grandes placeres, si no el mayor, que nos proporcionan las fiestas.

Feliz año!

arati dijo...

(El inventor de la zambomba arderá eternamente en el infierno con el inventor de las vuvucelas... y el de la gaita, probablemente)

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Feliz 2014, Arati. Y que nos sigamos viendo.

arati dijo...

Por las redes, seguro. Ojalá tengamos ocasión de vernos en el Mundo Real®

abrazo