miércoles, enero 29, 2014

AHORA QUE

Ahora que al capitalismo se le ha vuelto a caer la máscara, puede que no esté de más recordar que, en lo referente a la literatura, el papel del capital -de capital sin capital, a veces- corresponde a las editoriales, y que los autores no somos más que mano de obra abundante y barata; tan barata, en fin, que la mayoría de las veces ni cobramos; y tan abundante que, a las primeras de cambio, la empresa nos pone de patitas en la calle...

3 comentarios:

Sara dijo...

Pero hay una diferencia fundamental entre el artesano y el proletario, y la mayoría de escritores (quiero pensar) siguen perteneciendo a la primera categoría... Se me ocurre que a nuestro sistema actual le va a costar crear un proletariado de escritores... Wishful thinking? Bueno, ahí tengo por leer la obra de André Schiffrin, que igual me hace cambiar mi visión romántica de la (buena) literatura!! ;-)

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Tendría que haber esa diferencia, Sara, pero la verdad es que cada vez es más borrosa. En todo caso, los escritores somos ya... subproletariado; es decir, entramos en la categoría de quienes trabajan por el plato de comida -póngase en lugar de esto cualquier otro beneficio inmediato y distinto a la remuneración-.

Sara dijo...

Sí, José Manuel, es posible que esa diferencia sea cada vez más borrosa porque ¿cómo ejercer una vocación cuando uno no tiene nada que llevarse a la boca? Más aún, creo que a ese problema se le une la progresiva “proletarianización” del trabajo en sectores como la enseñanza o el periodismo, en los que el escritor que no podía vivir de su obra solía encontrar una salida más o menos desahogada y poder seguir escribiendo… En fin, que si la libertad es un prerrequisito de la producción literaria, por el camino que vamos no sé dónde diablos va a encontrarla el poeta, novelista, etc. del futuro…