sábado, enero 04, 2014

ALGUNAS PREGUNTAS RETÓRICAS

Cada vez tengo más claro que, si la literatura ha de sobrevivir, lo hará en círculos cada vez más restringidos, casi entre amigos o iniciados, o en la estricta soledad del escritor enfrentado a sus obsesiones. La crisis económica ha acabado con los circuitos en los que todavía alentaba una literatura indiferente a los requerimientos del mercado. La edición, a partir de ahora, se parecerá cada vez más a la autoedición. No es que las editoriales convencionales no publiquen, de vez en cuando, algún libro que cumpla las exigencias de la más alta literatura. Pero también en esos libros irreprochables, o incluso admirables, se advierte una dolorosa propensión a agradar, a halagar la inteligencia del lector medio, a trasegar sin  mucho escrúpulo los valores de la corrección política imperante o la incorrección de buen tono. De ahí que pocos escritores desentonen al lado de, pongo por caso, un ministro de cultura, de cualquier ministro de cultura. Y no, no estoy haciendo profesión de marginalidad, que no es sino sociabilidad a la inversa, una cocktail party para la que la etiqueta, en vez de frac, exige greñas y camisolas del Rastro. La soledad es otra cosa. Tiene mucho de orgullo, sí, pero también de esa clase de humildad que no quiere pasar por inocuidad o irrelevancia. Exige vocación y empeño, y casi no deja tiempo para nada más, mucho menos para atender llamadas mundanas. ¿De dónde saca tiempo para escribir el escritor que tiene la agenda ocupada con meses de antelación? ¿Escribe en los aeropuertos, en las estaciones? ¿Escribe algo que no sea del interés exclusivo de otra gente igual de ajetreada? ¿Escribe algo que, en el fondo, no sea una apología velada de ese trasiego, de esa avidez?    

6 comentarios:

Sara dijo...

Uf qué buena reflexión, José Manuel. Y sí: la soledad es otra cosa... Mis mejores deseos para este 2014 que acaba de comenzar.

José Miguel Ridao dijo...

Las nuevas tecnologías y el consumismo de masas han hecho que en el mundo de la edición haya toneladas de paja, pero el grano es el mismo que antes, o incluso más y mejor. Sólo es más difícil encontrarlo. Al fin y al cabo, grandes escritores con éxito de público en vida ha habido muy pocos: Dickens, Shakespeare y alguno más. ¿Quién pretende vivir de la literatura? (vivir de vender libros es otra cosa). Es antinatural, diría yo, una pequeña aberración.

Perdón por la retahíla, José Manuel, y feliz 2014.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Bienvenida la "retahíla", Ridao. Feliz 2014.

Anónimo dijo...

No estoy yo muy de acuerdo con la reflexión, que me parece un poco apocalíptica. Es verdad que la famosa crisis ha reducido unas posibilidades ya reducidas; pero de ahí a pensar que eso haya llevado a los escritores valiosos, o a una mayoría significativa de ellos, a cambiar su estilo o su manera de mirar (si es que no son lo mismo) para adaptarlos a ciertos gustos o modas públicos, hay un trecho.

Y no veo por qué una agenda ocupada con meses de antelación, se supone que con saraos más o menos literarios, ha de ser más impedimento para una verdadera vocación de escritor que una agenda (o más bien una falta de ella) ocupada con años de antelación por obligaciones familiares o laborales ajenas a la literatura.

Se puede ser un gran escritor, tener éxito y relevancia pública y gestionarlos bien, ser lo primero y no tener lo otro o tenerlo y gestionarlo mal, tener esto y no lo primero, o ninguna de las dos cosas.

La relevancia pública de Borges en sus últimos años fue planetaria; no veo yo que eso disminuyera la calidad de su escritura, salvo quizá en el caso de sus dos últimos libros, que me parecen menores. Pero, si tengo razón, pienso que eso está más relacionado con su edad y un cierto agotamiento, o por lo menos cansancio, de su personal mundo expresivo, que con factores externos.

(Gatoflauta)

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Acepto todas las matizaciones: por supuesto que se puede ser un gran escritor y compatibilizarlo con una agenda complicada (se me ocurren unos cuantos ejemplos). Pero lo que no digo en ningún momento es que la crisis haya obligado a nadie a cambiar de estilo. Me limito a describir una coyuntura editorial que evidentemente está cambiando. Y que, en esa coyuntura, ciertas actitudes acomodaticias se defienden mejor que otras que no lo son tanto. Creo.

Anónimo dijo...

Es cierto lo de la mejor defensa de ciertas actitudes acomodaticias. Pero me pregunto si eso no es lo que, en buena medida, ha pasado siempre; o por lo menos de mediados del XIX para acá. ¿Se ha agravado, o se está agravando, ahora? No estoy seguro. Ya ves que soy más optimista; ojalá, por bien de todos aquellos para quienes la literatura significa algo, no me equivoque. Feliz año 2014.

(Gatoflauta)