martes, enero 14, 2014

ARABESCOS

Me agradó volver a ver Barton Fink, dentro del ciclo dedicado a los Coen que está emitiendo el canal TCM. Pasa con esta película un poco lo que con Cien años de soledad: igual que el "realismo mágico" de García Márquez se queda en realismo a secas desde el momento en que uno se apercibe de que la desmesura de la realidad en ciertos países hispanoamericanos sólo puede describirse en esos términos, la aparente extravaganza de los Coen deja de serlo en cuanto uno cae en la cuenta de que casi todo lo que en ella se dice sobre la creación artística en general y sobre la mera asimilación de la experiencia vivida es bastante certero. Barton, a pesar de ser un dramaturgo concienciado a quien el éxito en la culta y cosmopolita Nueva York le ha abierto las puertas de Hollywood, no deja de ser un papanatas a quien la realidad, la tan cacareada realidad a la que como artista quiere prestar oídos, supera siempre; entre otras razones, porque, a pesar de sus altisonantes declaraciones al respecto, sus oídos permanecen cerrados a cal y canto a ese "hombre de la calle" de quien quiere ser portavoz. Como a otros artistas de parecidas ínfulas, la doctrina le cierra los ojos ante la realidad, a la que permanecerá ciego hasta que esa realidad irrumpa en su vida del modo más horrible... Que haga falta incluso un crimen para que Barton abra los ojos no deja de ser una triste paradoja; y que el fruto de esa costosa revelación sea que por fin fluya el guión de cine ante el que se sentía  bloqueado resulta una ganancia incluso irrisoria... Nadie ha ganado nada en todo este trasvase, por el que el escritor resulta ser, a la postre, de todos los personajes concurrentes, el menos dotado para entender la realidad. Lo que, quizá quieran decirnos los Coen, vale tanto para la literatura como para el cine. Para cierta clase de cine, por lo menos. Y de literatura.

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Arrancarse la venda. Pero que esa luz de fuera a cuya intensidad no estabas acostumbrado no te ciegue del todo. Entornar los ojos mientras tanto. Y ver arabescos, como quería Poe.

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