lunes, enero 20, 2014

CITAS

Se me mezcla con el sueño el fragor del temporal que resuena afuera. Que, sin embargo, no llega a desvelarme. Duermo, más bien, con una sensación añadida de seguridad, como si la tormenta fuera, no una amenaza cierta, sino una especie de despliegue defensivo de mí mismo contra otras amenazas que quedan del otro lado de la propia tormenta. Acompasada al ritmo de mi sueño, la tormenta es mi cáscara, mi capa protectora, mi coraza. La gobierno con mi respiración, por así decirlo. Y esa parte callada y recóndita de mí que no se encrespa ni aúlla ni doblega las palmeras del paseo marítimo ni alza olas ridículamente furiosas contra la escollera es mi yo esencial, el que duerme y sueña mientras el otro ruge.

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Revisando apuntes de este cuaderno de hace cinco o seis años, descubro una horrenda falta de ortografía; y descubro, sobre todo, mi espanto y vergüenza de que esa falta haya estado ahí, a la vista de todos, durante años. No creo que sea la única: cada vez que reviso un tramo de estas anotaciones para darlo a la imprenta descubro no pocos errores que, benévolamente, sé que pueden atribuirse a otros tantos fallos de digitación. Pero no una falta como ésta, que sacude no sólo mi presente pundonor de redactor pulcro, sino una seguridad que data de la escuela, de cuando no incurría en faltas de ortografía ni siquiera cuando me sometían a uno de esos pedregosos dictados extraídos de la Breve ortografía escolar de Manuel Bustos Sousa, cuyas reglas y complicada casuística nos aprendíamos de memoria. Sé que en mis libros impresos hay alguna que otra errata e incluso alguna falta gorda que ha burlado, no sólo mi vigilancia, sino la del editor que ha dado su visto bueno al mecanoscrito y la del corrector de pruebas que lo ha revisado. Sé que incluso en este párrafo de hoy puede deslizarse un descuido, por mucho que lo mire y remire antes de darlo por cerrado... Cruzo los dedos. Pasa con lo ya escrito, cuando es mucho, como con lo vivido: imposible volver atrás y enmendarlo todo, por más que quiera uno.

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Lo malo de leer un libro de aforismos tan bueno como este Silencios escogidos que acaba de publicar José Mateos es la tentación de copiar aquí media docena a título de ejemplo. Ya se sabe que al lector que escribe y comenta lo leído le asiste el sagrado derecho a la cita. Pero, en este caso, citar equivale a copiar obras enteras, redondas y acabadas. Como ésta: "Cuando perdí mi nombre fui como los árboles, que arraigan en su sombra". 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Acerca de las erratas, y aun de los errores, uno siempre ha pensado que si un texto no puede sobrevivir a ellas, es que valía poco. Sólo unas mínimas ruinas nos han llegado de Safo. Y están perfectamente vivas.

(Gatoflauta)