jueves, enero 02, 2014

DE ALUSIÓN

En el aparcamiento del supermercado, por la mañana, un conductor que maniobraba para sacar su vehículo roza el mío. No pasa nada: mi coche tiene ya esa edad venerable en la que un arañazo más o  menos en el parachoques no importa mucho.Luego, en casa, cuando enciendo el ordenador, éste emite un mensaje apocalíptico e inmediatamente deja de funcionar, lo que me lleva a pasarme la hora siguiente apretando clavijas e intentando reiniciar el aparato, hasta que consigo que éste responda. Por la noche, al dar la segunda vuelta a la llave al salir de casa, noto un chasquido sospechoso, que bloquea la cerradura y me impide volver a abrir la puerta, lo que por unos instantes nos haca vislumbrar la aciaga tesitura de tener que llamar a un cerrajero en Nochevieja; lo que, finalmente, después de no pocos intentos, queda en una falsa alarma... Así despedimos 2013. Lo que no sé si tendrá alguna moraleja.


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Me sorprende el tono del prólogo que el traductor antepone a Madre marchita, la novela póstuma de Malaparte, que leo en su segunda edición española de 1963. "Lo trágico del fascismo" -dice-, "para hombres como Malaparte, en Italia y prácticamente en todos los países europeos, Inglaterra incluida, ya que Mussolini fue copiado monótonamente hasta en los menores detalles por todos los aspirantes a Duce de todos los países, fue su carácter de reaccionario, de fuerza defensiva de la extrema derecha". Era, desde luego, una generalización más bien comprometida, teniendo en cuenta que la España de entonces seguía gobernada por esa derecha reaccionaria cuya hora ya había pasado en el resto de Europa. 


El prologuista firma modestamente con sus iniciales, J.V.C., y hay que mirar la portadilla para saber que éstas corresponden a José Vidal Cadellans, personaje que, según me informo en Internet, había sido novelista y murió a los treinta y dos años, tres años antes de que viera la luz esta segunda edición de su versión de Malaparte y después de haber ganado el premio Nadal y dejado unas cuantas novelas que se publicaron póstumamente y que quienes las conocen -entre ellos, el crítico Manuel Rico, que en el año 2000 prologó una reedición de Ballet para una infanta- juzgan sorprendentes e inesperadas en el contexto literario de su tiempo. 


Me he acercado a una librería de viejo y he preguntado si tenían algo de este autor. Y salgo con un ejemplar de No era de los nuestros, la novela con la que ganó el Nadal en 1958. Sé que no la podré leer sin dejar a un lado las melancólicas reflexiones pertinentes al caso. No hace mucho, me ocurría lo mismo con el malhadado Ángel VázquezSe enciende y se apaga una luz, la novela con la que ganó el Planeta. En algunos casos, los premios literarios no sólo no aseguran la permanencia de quienes los recibieron, sino que incluso parecen acelerar su olvido, como si indujeran a pensar que los agraciados posiblemente estaban incluso más lastrados que otros por los tics literarios del momento, y que fue seguramente esa filiación de época lo que les aseguró el beneplácito de los jurados de entonces, tan volubles y noveleros como los de hoy... Quizá yo mismo he caído en ese prejuicio, porque, ya con el ejemplar en la mano, hago un cálculo de las posiblemente muchas ocasiones en las que he tenido ante mí, en librerías de viejo o tenderetes de libros de ocasión, la nómina completa de los premios Nadal, editados en una colección de quiosco, y me he limitado a encogerme de hombros ante los muchos nombres para mí desconocidos que figuraban en las portadas de esos libros. 


Ahora un mero azar me ha hecho fijarme en uno de ellos. Posiblemente no haya fama póstuma que no esté hecha de una suma de estos azares. Y quizá no sea menos azaroso dar con un autor en las condiciones que acabo de describir que encontrar su nombre convenientemente destacado en las páginas de un manual de literatura. 



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Un error de digitación me lleva a teclear: "De alusión también se vive". Y me gusta mucho más que la frase gastada que me disponía a escribir. 

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