jueves, enero 23, 2014

DILUIDO

De cuatro a cuatro y media. A esta hora normalmente estoy en casa, amodorrado, esperando el fatídico momento en el que me puede la mala conciencia y me incorporo para, si no hay otra cosa que hacer, pasar dos o tres horas ante el ordenador, mi banco de galeote. Pero hoy no. Hoy otras obligaciones me han llevado a almorzar fuera de casa, y luego a dar este paseo mediano hasta el momento en que me reclaman mis deberes. Hay vida en la calle a esta hora desabrida. Y hay, sobre todo, como ocurre siempre que uno frecuenta los márgenes de sus rutinas, una especie de repliegue de la realidad hacia imágenes o impresiones que parecen ancladas en algún receso del pasado que, precisamente por esa condición de espacio relegado, ha quedado milagrosamente preservado en su luz propia, en su sonoridad peculiar, en una lejanía que apenas parece resentirse de tu inesperada irrupción en ella. Unas madres jóvenes hablan de lo guapo que estaría el hijo de una de ellas con cierto corte de pelo que han visto en una foto publicitaria de moda infantil. El chico avanza dos pasos por delante de ellas, con el oído puesto en la conversación, que sabe que le concierne. En la puerta de un colegio, una niña de la misma edad -ocho, nueve años- hace un gesto entre propiciatorio y tímido para agradecer los rudos elogios paternales de un transeúnte que se ha parado a hablar con su padre. Enfrente, en el mismo quiosco en el que yo compraba chucherías hace cuarenta y tantos años, una anciana que podría ser la misma que me atendía a mí -y que, por tanto, ahora no podría tener menos de ciento diez o ciento veinte años- sirve a otros niños unas golosinas de aspecto venenoso: una especie de espuma solidificada, como supurada por la boca de un barril de residuos nucleares. En el bar de la esquina, el mismo borracho que hace nueve lustros apuraba las últimas cervezas del turno del mediodía antes de emprender el regreso a casa contempla con idéntico ademán meditativo la trama del poso de espuma en el fondo del vaso. El sol de invierno decolora piadosamente los objetos hasta hacerlos menos patentes y agresivos. También yo ando un poco diluido: tengo sólo nueve años y ando de morros con mi madre porque no me gusta lo que me ha puesto en el bocadillo, ni tengo ganas de pasarme la tarde en clase haciendo copiados y sumas, antes de volver a casa justo a tiempo de ver el programa infantil...  

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