lunes, enero 13, 2014

LABERINTOS

Me cuentan esta extraña anécdota acaecida el sábado previo a Reyes. A primera hora de la mañana un inesperado revuelo de ladridos hace que los vecinos del pueblo se asomen a las ventanas o a las puertas de sus casas. Los perros van persiguiendo a una venada herida. Nadie sabe qué hacer, e incluso hay quien tiene el impulso de interponerse entre el animal acosado y sus perseguidores. Pero la venada sigue su instinto y trepa la ladera del monte a cuya falda se extiende la parte alta del pueblo, desde la que el triste espectáculo sigue siendo visible. Tanto, que los estremecidos espectadores ven cómo la venada finalmente pierde pie y rueda ladera abajo. Todo parece haber concluido. Y es entonces cuando, sin que nadie previamente los hubiera advertido, se presentan los dueños de la jauría y de alguna manera logran que la venada se incorpore de nuevo y se aleje en dirección al valle, hacia donde la siguen, y donde se supone que el sangriento drama tendrá su último acto. Nos enseñan fotos que corroboran que la historia ha sucedido exactamente tal como nos la han contado. Y quizá hubiera sido mejor que toda ella hubiera quedado fijada en la memoria con esa minuciosa inexactitud de lo que se sitúa en el limbo de lo sucedido en lugares o tiempos de difícil concreción. Esto no: el drama tuvo lugar exactamente a espaldas de mi casa. Me alegro de no haber estado allí para verlo.

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Y el caso es que me he aficionado a pasear por esos mismos aledaños: justo detrás de la hilera de casas, al doblar la esquina, se extiende entre el pueblo y el monte una borrosa zona intermedia ocupada por un laberinto de muretes y corralas en el que se confunden los restos del antiguo caserío abandonado y los meros amontonamientos de piedras con los que los naturales del lugar delimitan sus parcelas. Como todo laberinto, su mayor aliciente es la sorpresa: no hay vez que lo recorra en la que no encuentre un rincón nuevo, una perspectiva ignorada, un habitante inesperado de ese dédalo hecho de muchos recovecos en los que se afanan otras tantas presencias que apenas si se inmutan al paso de un extraño. Sólo los perros escandalizan y resultan un poco ridículos al lado de, pongamos, la suprema indiferencia con la que te mira un caballo antes de volver a agachar la cabeza y continuar con esa especie de rezo musitado en el que consiste su hozar la hierba. También de vez en cuando se topa uno, detrás de un murete o a la vuelta de un recodo, con un hombre solitario ocupado en mover unos sacos o en limpiar su parcela. Se siente uno siempre un poco en evidencia ante esos encuentros inesperados. Cómo explicar qué busca uno en esos lugares a primera hora de la mañana. Una búsqueda para la que, como dicta el principio inmutable por el que se rigen los laberintos, el primer requisito es... perderse.

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¿Cómo me puede emocionar todavía una película que habré visto una decena de veces? Pero esa voz en off que corresponde a un cuerpo muerto que flota boca abajo en una piscina, la impasibilidad de ese criado que antes que serlo ha sido también marido y director de la actriz a la que sirve, y a la que con ímprobos esfuerzos mantiene en una burbuja de irrealidad, o esos contertulios inexpresivos como fantasmas venidos del mismo limbo al que la protagonista no se resigna a retraerse para siempre... Si convencen, es porque en el fondo no hay ficción, y todos ellos -la actriz tronada que encarna Gloria Swanson, el desnortado aspirante a guionista interpretado por William Holden, incluso la muchacha positiva y biempensante a la que pone voz y cuerpo la algo rolliza y vulgarota Nancy Olson- se están interpretando a sí mismos, como lo hacen explícitamente el propio Cecil B. DeMille -que aparece en la película haciendo de Cecil B. DeMille- o los contertulios de Swanson, que no son otros que Hedda Hopper, Buster Keaton y otros de la misma quinta. El fracaso, nos cuenta esta película, tiene al menos dos modalidades. No haber visto cumplidas las propias aspiraciones es una de ellas. Pero haberlas cumplido holgadamente y encontrarlas fugaces o insuficientes es quizá peor. Hablo, naturalmente, de El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard), la espléndida película de Billy Wilder que el sábado por la tarde, una vez más, me hizo recurrir a todas las argucias del pudor para reprimir unas inesperadas lágrimas.   

1 comentario:

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Hay que adiestrar el llanto, pulirlo, contemplarlo como algo verdaderamente extraordinario, no lloramos o lloramos muy poco o casi nunca lanceados por la belleza. Yo he llorado hoy mismo escuchando a Miles Davis