domingo, enero 26, 2014

MUCIÉGALOS (SIC)

Los padres van absortos en su conversación a tres, en la que la voz cantante parece llevarla el teléfono móvil de uno de los dos, que no para de emitir esos pitidos que anuncian un nuevo mensaje; el niño va unos pasos por delante. Me los he cruzado en la pasarela que salva uno de los entrantes que la marea forma en este accidentado estuario que hace de modesta playa local. A uno y otro lado de la lengua de agua, unas avanzadas de pinos. El niño imagina que acaba de salir de un bosque y va a entrar en otro; que es justo lo que, salvadas las proporciones, está haciendo: acaba de dejar atrás un macizo de pinos y se dirige al siguiente. Lo dramatiza en voz alta: "El bosque me da miedo", dice, "porque hay muciégalos, y los muciégalos me asustan, pero si me atacan yo los mato". Y agita en el aire, amenazadoramente, una rama de pino. Debe de tener cuatro o cinco años. Nosotros hemos salvado la pasarela y descendido a la orilla del caño, donde C. quiere tomar algunas fotos para un trabajo que le han puesto en la facultad. No hace tanto, me digo, también salíamos algunos domingos a pasear por este paraje, igual que hoy; sólo que entonces yo llevaba a C. de la mano, o la seguía a uno o dos pasos de distancia, y ella iba absorta en fantasías parecidas a las del niño que acabamos de cruzarnos... He dicho "fantasías", y miento: no es fantasear lo que un niño hace cuando procede de este modo, sino revivir una experiencia interiorizada, sin que en ello interfiera la realidad que en ese momento le muestran los sentidos. Es lo que los románticos llamaban Imaginación, con mayúsculas, y Wordsworth lúcidamente asignaba al Niño, con mayúsculas también, que era el padre del Hombre, pues todo hombre desciende de un niño que alguna vez gozó de la plenitud de la capacidad de imaginar, que el adulto sólo consigue recuperar en la medida en que, también en trance imaginativo, consigue retrotraerse a la infancia. Lo que no era ninguna tontería: fue la Imaginación, pensaba Wordsworth, la fuerza que impulsó a la humanidad a intentar deshacerse del Antiguo Régimen, esa especie de losa que impedía la aspiración humana a vivir según los dictados de ese impulso visionario en el que el hombre encuentra su ser más auténtico. Con el fracaso de la Revolución el Romanticismo se convirtió en un movimiento elegíaco: el lamento por la imposibilidad de vivir esa otra vida más intensa a la que aspiraba la Imaginación emancipada del hombre.

Sí, a mí también me dan miedo los muciégalos. Y, a diferencia del niño, ya ni siquiera llevo un palo en la mano para espantarlos. También yo, con el tiempo y los fracasos, me he vuelto un poco elegíaco.  

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