viernes, enero 03, 2014

ULISES

En la oficina de correos. Un joven senegalés intenta enviar veinticinco euros a su país, posiblemente a un pariente. La gestión se revela complicada, porque el hombre no tiene la tarjeta de Western Union y utiliza -explica en su español trabajoso- la de un amigo, por lo que al sistema informático no le es posible registrar la verdadera identidad del remitente. Al parecer, éste no tiene tampoco domicilio fijo, o no sabe el nombre de la calle en la que vive. Ante las repetidas preguntas de la empleada, una compatriota suya que aguarda cola para otra gestión le espeta el nombre de una calle local, no sabemos si para refrescarle la memoria al apurado chico o, simplemente, para permitirle salir del paso. La gestión se alarga y ante la ventanilla se va formando una larga cola. Sin embargo, nadie protesta ni da muestras de impaciencia. Más bien, parecemos todos intrigados por el desenlace de la gestión. ¿Logrará la empleada burlar las cautelas del sistema informático y dar curso al giro postal de este precario cliente? ¿Logrará éste hacer llegar los veinticinco euros a su pariente? Mientras tanto, el niño pequeño de la senegalesa ha embelesado a toda la concurrencia con sus andares de muñeco, sus traspiés, su sonrisa radiante. En uno de esos traspiés ha tropezado conmigo y ha caído al suelo con esa característica blandura de esa edad en la que los niños parecen hechos de algodones. Por un momento, pensamos que debe de ser hijo de ambos, pero, al correr el turno en otra ventanilla, vemos que la mujer iba a lo suyo y que, en cuanto efectúa su gestión -venía a preguntar por un paquete-, se marcha sin tan siquiera despedirse del otro. Entre una cosa y otra han pasado casi cuarenta y cinco minutos. Y lo que queda en el aire es ¿qué necesidades estaban destinados a cubrir esos veinticinco euros? Una cantidad con la que todavía aquí, en nuestro empobrecido país, apenas alcanza para tomarse unas cuantas cervezas un domingo.

***

Es casi lo que nos costó, por ejemplo, la sesión de cine en familia que nos concedimos la tarde anterior, después de meses sin pisar, al menos yo, una sala de proyecciones. Fuimos a ver A propósito de Llewyn Davis, la última película de los hermanos Coen. Que me agradó, aunque sin deslumbrarme, porque era como las historias inconclusas que uno trae a veces a este cuaderno: una sucesión de aconteceres nimios en unos pocos días de la vida de un poco afortunado cantante folk que vive y trabaja en el Village neoyorquino a principios de los años sesenta. Los Coen, característicamente, renuncian a emular la estética y el glamour bohemios asociados a ese ambiente y a esos años; por el contrario, retratan una época en la que todavía pululan los fantasmas sombríos de la era Eisenhower, en los que todavía apenas habían logrado hacer mella los valores de la juventud que despuntaba. Conocemos algunas historias de éxito de ese tiempo: por ejemplo, la de Bob Dylan, surgido de ese mismo ambiente, y a quien alcanzamos a vislumbrar -¿o son sólo fantasías nuestras?- actuando en el mismo café que el desgraciado protagonista. También éste pudo tener su oportunidad: por ejemplo, en el local de Chicago al que lo lleva una desesperada escapada de dos días, y en el que consigue que lo escuche un importante productor musical. Pero los Coen parecen complacerse en no dejarse tentar por ninguna de las salidas fáciles y gratificantes que podría haber tenido la trama: el protagonista no sólo no tiene su oportunidad para triunfar en el mundo de la música: ni siquiera nos es dado asistir a la solución de uno solo de sus múltiples conflictos personales: no se reconcilia con la amante a la que ha dejado embarazada y en trance de abortar, no acude a conocer -aunque pasa muy cerca del pueblo donde vive- al hijo que tuvo dos años antes con una novia anterior, y del que ni siquiera sabía que hubiera nacido... Tampoco es seguro que logre su propósito final de embarcarse y dejar para siempre el decepcionante mundo de la música.... No hay más. Como el protagonista de El extranjero de Camus, tampoco este hombre sin historia y sin futuro emite una sola queja sobre su destino, que quizá no merezca: de su bondad dan fe, por ejemplo, los desvelos que se toma por el gato de unos amigos en cuya casa ha pasado una noche, y que se escapa en un descuido suyo. El gato, que se llama Ulises, finalmente hace honor a su nombre y consigue volver a su hogar. No es el caso de Llewyn, del que ni siquiera sabemos si tiene a donde regresar. 

No sé por qué, me acuerdo de Qué bello es vivir. También su protagonista recibe, como el protagonista de la película de los Coen, un inesperado puñetazo justiciero del marido de una mujer a la que ha agraviado en un arranque de malhumor. Sólo que a Llewyn Davis, al contrario que a George Bailey, no se le ofrece la posibilidad de redimirse en una apoteosis final de bondad, y al menos se le deja abierta la posibilidad de huir de su destino al modo en el que soñaba hacerlo George Bailey: a bordo de un mercante. Ya es algo. 

  

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