jueves, febrero 20, 2014

BRIGHT STAR

El cuarto estaba en uno de los dos patios, el más pequeño y menesteroso, de aquella casa antigua. Me lo habían alquilado por cuatro mil pesetas al mes. Era mi primer espacio propio y yo lo llamaba pomposamente "mi estudio", porque sólo me servía para pasar allí las tardes, leyendo, escribiendo o recibiendo a amigos. También servía para otros menesteres, claro, pero mentiría si anotara aquí, presuntuosamente, que ése era su principal uso. Casi nunca me quedaba a dormir allí, porque no tenía agua corriente, aunque en el patio había un pequeño retrete comunitario que ya no usaba ningún otro vecino, y que por tanto estaba a mi entera disposición. Cuando mis padres, recuerdo, en un esfuerzo de contemporización, fueron a ver el apaño al que se había acogido su hijo, se llevaron un gran disgusto: me reprocharon, justamente, que me hubiera ido a esconder en semejante cuchitril, cuando en su piso disponía de una habitación limpia y luminosa. Reconozco que nunca he sabido ser demasiado díscolo, y que a lo sumo sólo era cabezota... Todo el tiempo que permanecí allí -un año, o puede que algo más- me dolió la desaprobación de mis padres; pero no por ello me desdije de lo ya decidido.

Me he acordado de ese cuarto mientras veía Bright Star, la película de Jane Campion sobre el poeta inglés John Keats. Allí leí The Complete Poems de Keats, en un apretado tomito de Penguin cuajado de notas, muchas de las cuales remitían a la biografía del poeta que hizo Robert Gittings, que yo había comprado en la liquidación por cierre de una librería gaditana. De esas lecturas salió un artículo de trama erudita que publiqué en un suplemento cultural de la época, y que fue una de mis primeras colaboraciones periodísticas. También escribí en ese cuarto Expreso y otros poemas, mi primer libro -más bien una plaquette-, en el que nadie, que yo sepa, notó que muchos de sus poemas propendían, incluso tipográficamente, al estilo tupido de los del inglés:

Como ese punto fijo de luz en el paisaje
que tan sólo a sí mismo se ilumina
o hace brillar el polvo pegado en los cristales,
impidiéndonos ver formas concretas
que fijen el trayecto en la memoria...

Aquella lectura fue tan intensa que casi no he tenido que volver sobre esos poemas cuando cualquier circunstancia me los ha evocado. Ayer mismo, mientras veía la película y escuchaba las ripiosas versiones de doblaje con las que se les ponía voz a los mismos, la memoria me devolvía nítidamente muchos de los versos en su lengua original. Y cuando, en los títulos de crédito, se oye el texto íntegro de la Oda a un ruiseñor, casi podía oírme recitar el texto tal como me lo leía a mí mismo en aquellas tardes solitarias de 1987 o 1988, cuando temía que los vecinos pudieran oírme también y tomaran por loco al nuevo y escurridizo inquilino, al que también conocían ya los niños que jugaban en la calle -el cuarto estaba en una planta baja- y el resto de la fauna callejera -desde un conocido travestido del barrio que vendía números de lotería en la esquina, hasta una simpática chica retrasada que se pasaba el día paseando en bicicleta y a veces requebraba a los amigos poetas que venían a visitarme- que habitaba aquel barrio ruidoso y pintoresco.

La "estrella clara" del poema de Keats no sólo da título a la floja película de Jane Campion: proyecta también su luz sobre esos días de mi vida.

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