lunes, febrero 10, 2014

INTEMPERIES

Bajo un voladizo, en un hueco en el que apenas cabría un hombre sentado, un butacón viejo parapetado tras un muro de cartones y paraguas desbaratados, en lo que parece uno de esos refugios que improvisan los vagabundos para pasar la noche. Ahora mismo, a primera hora de la mañana, parece que no hay nadie. Puede que el ocupante sea uno de esos barbudos acartonados y silenciosos que toman café a la puerta de un bar cercano, guarecidos de la lluvia bajo unos soportales. Están siempre ahí, como dando testimonio de haber sobrevivido a todas las catástrofes sociales y culturales de los últimos treinta años... Yo he salido a comprar el pan. Voy encogido y tengo la cara mojada y fría. La lluvia no cae: te envuelve como una neblina líquida y se te pega a la ropa y a la piel. Todos somos sobrevivientes de algo; casi siempre, de nuestras propias fantasías. Pero no es lo mismo acunarlas, pongo por caso, en un lecho caliente, entre sábanas limpias, o en el recuerdo inmediato de las mismas, que a la intemperie. Es importante no olvidarlo.

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La poesía contemporánea según J.R.J.: "La sociedad poética Eco, Timo & Truco, ilustres de segunda mano (y sus esperanzados bibliografistas)"; o lo que dice de algún sonado movimiento grupal de entonces: "Hacen antologías para hacer historia literaria antes de tiempo". Lo de siempre, claro, aunque entonces era nuevo; porque, para bien y para mal, muchas de las mañas de la actual sociedad literaria fueron inventadas en los tiempos que vieron la eclosión de la llamada Generación del 27, la más lograda operación de promoción literaria que han conocido nuestras letras, y que las generaciones siguientes no han hecho otra cosa que imitar.

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Se me acercan dos conocidos a decirme que han leído tales o cuales libros míos. No sé qué decirles: alabarles el gusto hubiera resultado, quizá, un tanto presuntuoso... También aquí la timidez me juega una mala pasada, y temo que estos amabilísimos interlocutores hayan interpretado mal mi súbito envaramiento. No sé. El caso es que ese diablillo burlón que se complace en jugar con mi vanidad me susurra al oído: "Ya sabes quienes han comprado dos de los pocos ejemplares que se han vendido de los libros en cuestión; lo que reduce en, al menos, un punto porcentual el número de lectores anónimos y desconocidos que legítimamente puedes atribuirles".  

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