lunes, febrero 17, 2014

LA LAGUNA




En una pausa de la lluvia, después del almuerzo, nos decidimos a bajar al paraje que llaman La Laguna, y que debe su nombre a que, en esta época del año, se forma allí una gran charca. No está lejos del pueblo: a apenas unos minutos en coche, que hay que dejar precariamente aparcado casi en la cuneta para luego descender desde la carretera a lo que, visto desde la misma, parece poco más que la lengua de tierra que delimita el trazado de ésta; pero que, una vez allí, se despliega en todas direcciones con la amplitud de un pequeño mundo secreto y autosuficiente. La laguna está en la parte baja del llano que, según avanzamos, se escora levemente a nuestra derecha. Y como con nosotros ha entrado, pisándonos los talones, una punta de niebla, cuando llegamos a la charca ésta se ha convertido en el centro de un lugar sin contornos ni límites, rodeado de montañas de las que sólo vemos la parte inferior y su reflejo invertido en la límpida superficie, de la que sobresalen las formas negras de algunas ramas caídas o alguna que otra roca. Nos han advertido muchas veces contra el peligro que representa la niebla en el monte; pero no parece que corramos ningún riesgo, como no sea el que supone la experiencia de, digamos, un exceso de irrealidad: el que transmiten, por ejemplo, los majoletos desnudos, cuajados de esas bayas en forma de manzana en miniatura que en algunos lugares llaman "pan de pastor", y perlados de gotas de agua, en cada una de las cuales se enciende, como un ascua, una mota de luz. No estamos solos. La niebla asordina un tanto el clamor del coro de pájaros que nos envuelve en todas direcciones, y al que pone una nota baja el canto severo de una rana, no advertido entonces, pero nítido luego en la secuencia sonora que M.A. ha grabado en su teléfono móvil. 

Pero no son las únicas presencias vivas. Orillando los acebuches que salpican el llano, y que en la niebla resultan borrosos hitos algodonosos, descubrimos dos caballos que pastan a cierta distancia uno del otro. No temen a los extraños, y soy yo más bien quien me acerco con cautela al de color blanco, que se confunde con la niebla o parece una condensación de la misma, una manifestación visible de lo que, en esa momentánea suspensión de nuestra incapacidad para el asombro, casi nos parece el tótem del lugar, la divinidad que lo tutela y garantiza su estabilidad y permanencia, siquiera como mera sucesión de formas evanescentes. 

No así el otro, que, en su querencia hacia la espesura que bordea el llano, parece dirigir nuestros pasos a una ladera abundante en esparragueras. El ojeo de los casi invisibles brotes, a menudo escondidos en lo más tupido de las matas, nos achica la visión y la reduce a la búsqueda de cosas inmediatas y tangibles, y el resultado es que, cuando levantamos la vista, casi duelen los ojos al confrontar la lejanía, el espacio abierto, el perfil borroso de la laguna y la sombra líquida del caballo que pasta junto a ella. A cuánto puede uno renunciar a cambio de un puñado de espárragos tiernos. Como consciente de que ya ha cumplido su misión, la niebla se levanta.   

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