miércoles, febrero 12, 2014

LA PRESA Y LA ARAÑA

Rebelión de los objetos. Se empeñan en anquilosarse, en romperse, en saltar desde las manos que los sostienen y emprender un vuelo sin gobierno que necesariamente acaba en impacto fatal. En vano interroga uno sus entrañas averiadas. Mueren por viejos, por desatendidos, por descabalados. Mueren, también, como retándonos a encontrarles pronto los sustitutos adecuados, que no aparecen, o están ya fuera de nuestro alcance, porque no hay objeto que no sea testimonio de una pasada holgura material que quizá el presente se empeñe en escamotearnos. Se va convirtiendo la casa en un cementerio de objetos muertos. Me paro a sentirme el pulso, por si acaso.

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J.R.J. es la presa y Lezama la araña. Ocurre en un "Coloquio con Juan Ramón Jiménez" redactado y firmado por el cubano, que encuentro en un reciente libro de entrevistas con el de Moguer. Y llama la atención cómo incluso alguien tan poco paciente con la pedantería y la afectación ajenas como el propio Jiménez acaba sucumbiendo, no sabemos si por cortesía o por la timidez de quien juega en cancha ajena, a los circunloquios enrevesados de su interlocutor. Incluso ante el recorte de la entrevista ya publicada, duda: no sabe si corregirlo y apostillarlo para la posteridad, como hizo con tantos otros. "He preferido -anota respetuosamente- recojer todo lo que mi amigo me adjudica y hacerlo mío en lo posible". Quizá porque ha visto que, en el texto redactado por el propio Lezama, ha quedado intacta la última ironía con la que el entrevistado remata el encuentro: "Con usted, amigo Lezama, tan despierto, tan ávido, tan lleno, se puede seguir hablando de poesía siempre, sin agotamiento ni cansancio, aunque no entendamos a veces su abundante noción ni su espresión borbotante". Ahí queda eso; transcrito -por deferencia del interlocutor- en la inconfundible y rotunda ortografía juanramoniana.

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Me anima este amigo a que me pronuncie sobre una inquietante cuestión de actualidad que ciertamente me ha llamado la atención como ciudadano; y me acuerdo de mi amiga I., que me reprocha las ocasionales intrusiones de la política del día en este cuaderno. Tienen razón los dos, pero la verdad es que me siento más inclinado a hacer caso a esta última: en la relectura -y qué escritor no está condenado a releerse, aunque no sea más que para corregir las erratas o enderezar las frases torpes-, la actualidad política es lo primero que se percibe como cosa muerta, ahogada por otras actualidades igualmente pasajeras y fugaces. Lo que no quiere decir que uno permanezca insensible a las injusticias o se resista a protestar por ellas; pero debe hacerlo de la única manera que sabe: atendiendo a la transcripción exacta de una conciencia de disconformidad en la que la política del día tiene alguna parte, sí, pero no es ni mucho menos el único factor que cuenta, y ni siquiera el más importante.

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