martes, febrero 04, 2014

LLAMA DE AMOR VIVA


Hoy el mar, sencillamente, daba miedo, como da miedo casi todo en la naturaleza cuando muestra un poder que, no sólo arrasa con cuanto el hombre ha ideado para contenerlo, sino que, además, parece obedecer a un designio incomprensible: una mezcla de azar y furia desmedida; lo que se parece mucho a lo que, en un ámbito exclusivamente humano, llamamos injusticia. Injusto es, por inexplicable y desmesurado, que la policía de un régimen dictatorial -todos lo son, en mayor o menor medida- irrumpa en tu casa y, sin explicaciones, te propine una paliza y luego te encierre en una mazmorra o te arrastre hasta un pelotón de ejecución. Injusto es que, como ha sucedido en na ciudad del norte de España, una ola caiga sobre un adolescente que en ese momento recorría el paseo marítimo y lo arrastre consigo. Más que quejas, lo que esta clase de sucesos reclama es la rebelión pura y simple. Pero la pregunta que te asalta respecto a esta última clase de hechos es: rebelarse contra quién, en nombre de qué, a favor de qué otro orden posible.

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Si hay un poema cuyos matices, infinitas inflexiones y capacidad de consuelo quisiera llevar siempre conmigo, ése es ""Intimations of Immortality from Recollections of Early Childhood", de Wordsworth. He pasado casi una mañana entera volviendo a paladear sus poco más de doscientos versos. Creo que me dicen mucho más ahora que cuando lo leí por vez primera, a mis veinte años, y seguramente me dirán mucho más si alcanzo a vivir lo suficiente como para confrontar  la totalidad de lo vivido con las  luminosas enseñanzas de este poema. Lo tengo en varias ediciones; entre ellas, una de la Poesía Completa de su autor. Pero me gusta leerla en mi baqueteado ejemplar de A Book of English Poetry, de G. B. Harrison: una de esas venerables antologías de Penguin que parecen concebidas para que sus depositarios las lleven toda la vida en el bolsillo. Si, en caso de tener que abandonar mi biblioteca, se me permitiera conservar un sólo libro de la misma, sería éste.

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Sólo tenemos corporeidad para quienes nos ven, nos oyen y sienten; incluidos nosotros mismos. La idea de que también somos espíritu posiblemente nace de ahí: de la ligereza del vivir cuando no tenemos presente nuestra corporeidad. Lo que también ocurre, a veces, cuando usamos el cuerpo y sus sentidos para olvidarnos de todo lo demás y ser, como decía nuestro místico más puro, "llama de amor viva". 

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