martes, febrero 11, 2014

MEGALOMANÍAS

He cumplido cincuenta y un años, pero durante algún tiempo seguiré siendo un hombre de cincuenta. Es lo que tienen las cifras redondas: ejercen su influjo más allá de donde acaba su jurisdicción legítima. La próxima es inapelable: con sesenta, si Dios quiere, seré ya incluso legalmente un anciano. Me quedo de momento en esta estación apacible. Sé de quienes se apearon antes, y también de quienes no pudieron ir mucho más allá. Por eso hay que estar agradecido. Me han regalado una caja de bombones y un libro: los primeros todavía puedo comerlos sin restricciones de dieta; y aún tengo agudeza visual para que no me cueste demasiado acomodar la vista a la pequeñez de la tipografía ordinaria. Conservo también otras facultades. No pido más.

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Seguro que a algún capitalista megalómano se le ha ocurrido ya la idea, en alguna tarde como ésta: qué pena que no se le pueda poner precio al disfrute del sol; y qué desperdicio, tanto pobre gozando del mismo sin dejar siquiera unos céntimos en taquilla.

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Leo para escucharme mejor en las palabras de otros; y también, aunque parezca contradictorio, para que esas voces de otros acallen por unos instantes esa otra voz sin modular, insistente y egoísta, a la que no dejaría de escuchar ni un momento si no fuera por la lectura.

5 comentarios:

Sara dijo...

¡Muchas felicidades, José Manuel!

Toribio dijo...

Felicidades, José Manuel. Cincuenta años no son nada: la madurez de la juventud... Edad perfecta para escribir o traducir buenos libros. Entre mis traductores favoritos, usted y Carlos Pujol, del que estoy leyendo su traducción de A. Marvell: "... But at my back I always hear
Time's wingèd chariot hurrying near..." Quizá un día nos escribas en el blog sobre lo que se puede hacer para dejar de oír el carro del tiempo persiguiéndonos... Un abrazo y felicidades nuevamente.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias, Sara y Toribio. Es curioso: he pensado mucho en esos versos de Marvell estos días.

Anónimo dijo...

Felicidades. Me traes a la memoria lo que me ocurrió a mí mismo cuando, hace ya unos años (tengo 56), llegué yo al medio siglo. Mi sobrino, que tenía entonces cinco años, sabía que se celebraba mi cumpleaños. Por curiosidad, le pregunté si tenía idea de cuántos cumplía yo. Visiblemente dubitativo, se arriesgó pese a todo y me preguntó: "¿Doscientos?". Quién sabe.

(Gatoflauta)

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Siempre puede uno decir: "No, 'sólo' cincuenta", y consolarse por el poder lenitivo de ese 'sólo'.