lunes, febrero 03, 2014

NIEBLA

Caminábamos dentro de una nube. Y no, no estoy metaforizando. La nube se había pegado a la ladera de la montaña sobre la que se asienta el pueblo y nosotros estábamos dentro de ella. Nuestra vista no alcanzaba más allá de unos pocos metros alrededor. Y lo extraño era que esa sensación de privación de la capacidad de ver no era resultado de la oscuridad, sino de una especie de exceso de luz, de luz excepcionalmente densa y como algodonosa, que podía palparse incluso, y más allá de la cual no había nada. Andábamos a ciegas dentro de esa luz. Minutos antes, mientras subíamos al pueblo por la angosta carretera de montaña, hubo un momento de verdadero peligro al cruzarnos con el autobús de línea que venía en sentido contrario, y del que sólo alcanzamos a ver los faros delanteros y las luces de gálibo que señalaban sus vértices, como en esos pasatiempos de tebeo en los que te daban una serie de puntos numerados y había que unirlos con líneas para que apareciera una figura hasta entonces invisible. Tanto que, en nuestro caso, en el espacio correspondiente al volumen delimitado por esos vértices luminosos, nada hacía pensar que hubiera una masa compacta, y más bien parecía que lo ocupaba la propia niebla, y no asientos y gente y ese aire enrarecido de los autobuses de línea. 

Luego, cuando caminábamos por las calles del pueblo, esa misma niebla empezó a calarnos. Llovía y no llovía. O era, en todo caso, una lluvia que no caía verticalmente a la tierra, sino que permanecía suspendida en el aire y parecía envolverte por todas partes, o atravesarte incluso, como si nuestra misma materialidad estuviera hecha de esa masa traslúcida y no fuéramos sino meros apéndices pensantes de ella. Y eso era, quizá, lo que nos intrigaba: esa sensación de ser conciencia ingrávida; de ser jirones de niebla... resabiada.


***

Todo lo que teníamos delante era sencillo, modesto, a veces incluso regalado generosamente por el campo: un poco de pan, unas tagarninas, un puñado de espárragos, unas botellas de vino comprado a granel en una bodega. Y nunca habíamos sido tan ricos.


***

Y de pronto, a la hora del almuerzo, un apagón seguido de un intenso olor a chamusquina. No han saltado los plomos, pero el tufo a cable quemado viene del cuadro eléctrico. En el mediodía festivo, me echo a la calle para buscar un electricista. Y encuentro uno: un muchacho que localiza enseguida la avería, sustituye las piezas fundidas y nos restituye en pocos minutos a las condiciones de vida artificiales sin las cuales no sabríamos desenvolvernos. Luego se pierde, él también, en la niebla circundante. Ni siquiera nos ha cobrado lo que nos temíamos. Y es cómo si sólo hubiera venido a recordarnos algo, y la avería no hubiera sido más que un pretexto.

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