martes, febrero 25, 2014

NO FUTURE


Vuelve a hablarse, y mucho, y destempladamente a veces, de la Transición, la épica generacional que se asignaron a sí mismos quienes hoy tienen, pongamos, en torno a los sesenta años o más; y que, a diferencia de otros relatos de ese género, casi nadie ha cuestionado seriamente hasta hoy; ni siquiera aquellos a quienes corresponde cuestionar esa clase de historias: los hijos de sus protagonistas. Ha habido que esperar a los nietos, y no sé si a los biznietos, para encontrar una generación que se declare abiertamente escéptica ante todo ese tejemaneje de pactos de estado entre bambalinas, heroicas manifestaciones callejeras y calculados movimientos de ajedrez en el tablero de la gran política. Y hacen bien los chicos de hoy en ponerlo en cuestión; sobre todo, porque es a ellos a quienes les está tocando padecer la quiebra del orden de cosas alcanzado entonces, sufrir los efectos de la liquidación del precario sistema de equilibrios sociales en el que pretendía fundarse la estabilidad del nuevo régimen. 

Asiste uno a esa quiebra sin pena ni asombro: haber sido adolescente en una época en la que quienes tenían apenas cinco o seis años más que uno se apresuraban a hacerse su sitio en el nuevo orden es lo más parecido que existe a haber llegado tarde a una fiesta, pongo por caso: el pastel estaba ya repartido, los mejores sitios ocupados, la jerarquía establecida, el tenor de los juegos decidido. De esa sensación de apartamiento y lejanía, que creo que no me pertenece en exclusiva, y que es también una cuestión generacional, hablan -permítaseme el desahogo egotista- las novelas que componen la "trilogía de la Transición" que me tuvo ocupado desde el año 2001, cuando empecé a pergeñar Vacaciones de invierno, hasta el verano del 2010, en el que cerré Ronda de Madrid

De ese relato de distanciamiento y descreimiento se han apoderado ahora quienes ni siquiera habían nacido entonces. Sea. Pero que nadie me pida que, entre el discurso de la generación de, pongamos, Iñaki Gabilondo y el de la de Jordi Evolé, me decante a favor de uno u otro. Mi generación tuvo un solo lema: There is no future. Lo cantaban hasta desgañitarse los Sex Pistols. Ahora ese no-futuro ha llegado.

1 comentario:

César Romero dijo...

Lo más acertado que he leído sobre esta "falsa" polémica. Porque en el fondo se trata de eso: de cambiar los peones para que parezca que la historia cambia, aunque, si miramos bien, la historia sigue siendo la misma. Ayer, Gabilondo; hoy, Évole.
Enhorabuena. Y si alguien que pase por este blog no la ha leído, que lea esa trilogía. Verá que los tiempos no han cambiado tanto