jueves, febrero 06, 2014

POSANDO

Bajo el cielo plomizo, el patio de la antigua herrería, con sus paredes cubiertas de yedra, su laurel asomando por encima de los muros y sus dependencias -dos pabellones, situados a uno y otro lado del patio- convertidas respectivamente en un desahogado apartamento y un estudio de fotografía. Hacía tiempo que no visitábamos a estos amigos y, al igual que cuando inauguraron su casa hace ya varios lustros, me sorprende comprobar que su lugar de trabajo responde perfectamente a sus querencias y gustos: una mezcla extrañamente armónica de muebles funcionales y cachivaches que no son todavía piezas de museo, pero a los que se les va pegando la pátina de lo que ya no se estila ni se usa, pero se ha enriquecido de un indeleble valor sentimental; y todo ello en un espacio que sólo se explica en esta ciudad ancha y tortuosa al mismo tiempo, llena de viejas naves en desuso que van cambiando de mano y ocupación según la racha. Pasamos allí una hora, durante las que M.A., incómoda y cariacontecida, posa para la foto que motiva nuestra visita. Al final, como preveían nuestros anfitriones, es el cansancio lo que acaba forzándola a abandonar la rigidez inicial. Hace un cuarto de siglo, recordamos, también posamos para ellos en una mañana de sábado, después de una de aquellas noches mal dormidas que constituían nuestra rutina de entonces. Yo gastaba patillas de hacha y una especie de tupé, M.A. vestía siempre de negro y fumaba con gesto trágico. Todavía esas fotos de autor, que tenemos colgadas en el pasillo, nos hablan, no de quienes fuimos en aquellos años, sino de quienes teníamos la fantasía de querer ser. No estoy muy seguro de que parte de esas fantasías no se hayan cumplido, quizá en detrimento de la otra parte, o del significado e intención del conjunto. Y acaso venimos aquí -M.A., en este caso- para que estos amigos, que entonces dieron fe del momento de su eclosión, dejen ahora testimonio de lo que queda de ellas.

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