jueves, febrero 27, 2014

SOY UNA CÁMARA

Lo sorprendo en pleno vuelo, en paralelo a la marcha del autobús: el perfil acerado, como de avión, de un cercícalo primilla que parece querer competir con la marcha del vehículo; y que, cuando éste enfila la rotonda de entrada al pueblo, desiste de su empeño y se posa desdeñosamente sobre una farola, como si comprendiera de pronto la futilidad de emular a un armatoste ruidoso y humeante que, además, parece ignorar por completo el principio de economía que suponen las líneas rectas y cambia de dirección cuando uno menos se lo espera. Me vuelvo y creo adivinar sus ojos despiadados. Visto desde la altura conveniente, el autobús y su ruidosa pompa le deben de parecer... la marcha de un gusano.

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Lo bueno de estas antologías multitudinarias es que en ellas puede espigar uno los nombres de unos cuantos poetas de los que nunca había oído hablar, y que en la exigua muestra de su obra que llega a nuestras manos sugieren la promesa de una obra recóndita y valiosa, a la que uno espera asomarse cuando el azar y la ocasión lo permitan. Anoto aquí alguno de esos nombres, extraídos de las primeras páginas -las que llevo leídas- de la valiosa Fruta extraña. Casi un siglo de poesía española del jazz, que ha compilado el profesor Juan Ignacio Guijarro: Tomás Luque ("El cabaret / a golpes de pintura / se tiene de pie"), Eugenio Frutos ("Pero yo he visto bailar al negro, con sus piernas desiguales. / ¿Cómo voy a creer en el tiempo?"), Elisabeth Mulder ("Y con aburrimiento soberano / entró el trío, silencioso, / en un dancing americano / que anunciaba un letrero luminoso"), Emeterio Gutiérrez Albelo ("Y tus ojos de vaca, / de laguna cálida, / reflejan un paisaje de cigarrillos turcos / y teclas deshojadas"). etc. La mayoría cultivan, por lo que se ve, esa poesía de cacharrería que caracterizó al Ultraísmo, aunque sin perder del todo los dejes modernistas. Muchos vivieron largamente y publicaron sus poesías más o menos completas en los años setenta u ochenta, y por ahí debe de andar, extraviadas en algún que otro remate o librería de lance... A mí me han hecho sonreír, cuando no me han conmovido. No espero menos del lector piadoso que rescate mis versos en no se sabe qué baratillo de libros viejos, dentro de -espero- muchos años.

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Tampoco conocía la existencia de esta primera adaptación al cine de Adiós a Berlín, de Christopher Isherwood, el libro que inspiró la famosa Cabaret de Bob Fosse y que tradujo al castellano Jaime Gil de Biedma. Esta primera versión fílmica, estrenada en 1955, se tituló Soy una cámara (I Am a Camera), y la dirigió un tal Henry Cornelius, a partir de una obra de teatro del mismo título, escrita por un también para mí desconocido John Van Druten, que lograba hilar una historia a partir de las deshilachadas memorias berlinesas de Isherwood. El argumento, por tanto, es el mismo que el de Cabaret, del que sólo difiere algún detalle final relativo al desenlace del embarazo de Sally. Pero la mayor diferencia entre la película de 1955 y su remake musical de 1972 estriba, precisamente, en el modo en el que ambas retratan a la protagonista femenina, Sally Bowles, una dudosa cantante inglesa que sobrevive en el Berlín de entreguerras. La película de Cornelius es, en este sentido, más áspera y realista que la de Fosse, y se aproxima más al desgarro de los recuerdos de Isherwood. La Sally Bowles de Cornelius, interpretada por Julie Harris, es tan cínica y despiadada como procaz, y la teatralidad de su cháchara imparable no es más que una eficiente máscara que casi nunca deja traslucir la menor debilidad sentimental. Canta en un cabaret, sí, pero también se prostituye más o menos abiertamente y explota sin compasión a sus amantes ocasionales, incluido el propio Isherwood. La película trasciende a miseria y sordidez, y retrata a la perfección ese momento de la juventud en el que la desorientación y el desconocimiento de uno mismo se traduce en una especie de abandono, de exhibición sin tapujos de la propia vulnerabilidad. No todo el mundo sobrevive a esa fase, y es frecuente que quienes lo hacen no sepan contarlo sin recurrir al sentimentalismo o al cinismo. Esta descarnada película carece de lo uno y de lo otro, y por eso emociona.     

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